Página 19 - Rosario Corinto 03-2016

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Muy Ilustre y Venerable Cofradía del Santísimo Cristo de la Caridad
mento por el reino hachemita, volvimos a Is-
rael, y cuando quedaban apenas quinientos
metros llegamos por un largo túnel a Monte
Scopus en la ciudad santa, cantando como
peregrinos:”
…ya están pisando nuestros pies,
tus umbrales Jerusalén”.
Jerusal
é
n, el nuevo testamento narra
las frecuentes visitas de Jes
ú
s a Jerusalén,
incluida la última y fatídica semana que da
comienzo con la entrada triunfal el Domingo
de Ramos y acaba con el Domingo de Pascua
de Resurrección.
Visitamos todos los lugares significa-
tivos de esa semana, de nuestra Semana Santa y muchos otros que poseen una carga histórica enorme
para la cultura y religión musulmana y judía y sin duda para la cristiana. No quiero olvidar ninguno,
pero seguro lo hago, Getsemaní, Monte de los Olivos, la iglesia de las Naciones, iglesia de María
Magdalena, la Tumba de la Virgen María, la Iglesia del Pater Noster, la Iglesia de Dominus Flevit y el
cementerio judío más sagrado del mundo. En Monte Sion, estuvi-
mos en el Cenáculo y en la Tumba del Rey David, y también por
supuesto, en la Casa de Caifás, donde hoy está la iglesia de San
Pedro in Gallicanto y donde sabemos que en sus pozos sombríos,
húmedos y muy fr
í
os pas
ó
Jesús su
ú
ltima noche. Madrugamos
en la V
í
a Dolorosa para recrear el V
í
a Crucis de Jesús, visitamos a
las afueras de Jerusalen Ein Karem donde resid
í
a la prima Isabel
y donde María recitó el Magnificat y por supuesto estuvimos en
la Iglesia de San Juan Bautista, lugar donde la tradición ubica la
cueva donde residió Zacarías. Finalmente estuvimos en la casa
de L
á
zaro en Betania y nos bañamos en el Mar Muerto tras visitar
Jericó y contemplar su desierto y la higuera donde Zaqueo con-
templo la visita de Jesús.
El viaje tuvo una intensidad no diaria, sino de cada hora y
de cada minuto. Cada vivencia era a
ú
n mejor que la anterior, cada
d
í
a compartíamos como hermanos el cuerpo y la sangre de Cristo.
Cada día nuestro Consiliario nos preparaba una oración conjunta
con la que empezar la jornada, cada lugar visitado leíamos
el evangelio, nos poníamos en la piel del peregrino más
aut
é
ntico y eso hizo que el viaje resultara provechoso en lo
espiritual que era el fin y el objetivo.
Pero hubo un lugar, que por sus características, la
capilla de Santa Elena, un lugar escondido en un rincón
del claustro de la Iglesia de la Natividad de Bel
é
n, un es-
pacio dedicado íntegramente al campanario antiguo y que
probablemente sea la más antigua capilla del conjunto
monástico, puesto que es claramente bizantina y estuvo
intacta hasta el siglo XII. Pues bien, allí, cayendo las som-