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Muy Ilustre y Venerable Cofradía del Santísimo Cristo de la Caridad
se emociona ante María, testimonio y ejemplo de fe, y el pasaje de la
Visitación ahora, adquiere otro valor.
Y cuando, el visitante cristiano, llega a Galilea y contempla las
aguas del Lago Tiberiades, el tiempo parece detenerse; no es nece-
sario cerrar los ojos para ver aquí a Jesús, no es necesario cerrar los
ojos para, por un momento, ser parte de la muchedumbre. Este es
el secreto de la emoción que cautivó al
peregrino.
Y es que, el Mar de Galilea, rezuma
p a z ,
aporta calma, llama al sosiego.
E n
Getsemaní este peregrino, que
es “nazareno”, se conmueve
en el lugar donde Jesús tanto
sufrió por la humanidad y se estremece, al acariciar la roca
donde oró antes de ser apresado y abre bien los ojos, para
observar los olivos centenarios tantas veces representados
en su Semana Santa. El relato de la Pasión de Cristo, tiene ya
imágenes más ciertas.
Al llegar a casa de Caifás, el caminante se emociona,
se emociona y llora cuando desciende a la mazmorra, húmeda
y oscura, donde Jesús pasó su última noche, después de ser con-
de -
nado a muerte. Y es que aquí se percibe, con total contundencia, la
tiranía
de la soledad, la crueldad del abandono, la de la traición. Peregrinar a
T i e r r a
Santa, es viajar a nuestras raíces. Este viaje, supone una renovación y un fortalecimiento de nuestra fe
y, hace que nuestra peregrinación no termine allí, sino que, al volver, continuemos nuestra travesía,
en cada lectura del Evangelio, en cada eucaristía. El Evangelio ya no será el mismo, ahora, un hecho
diferenciador, nuestro viaje, nos hace participes de la escena. Al llegar a Jerusalén, el peregrino reflex-
iona al palpar la realidad de aquel lugar. En Jerusalén, una ciudad con rumor de Dios, conviven tres
religiones: el judaísmo, el islamismo y, por último y en minoría, el cristianismo. Resulta conmovedor
comprobar como Jesús ni quiso nacer como un rey, ni aún hoy, después de su muerte y resurrección,
es el rey de Israel. Así, la puerta por la que Jesús entró triunfante en Jerusalén, la Puerta Dorada, per-
manece hoy sellada por los judíos, a la espera de la llegada del Mesías, negando así, el mesianismo
de Jesús.
Por otra parte, es la fe la que me lleva a pensar, que Dios quiso
que en Jerusalén, se ubiquen los lugares de culto más relevantes para las
tres religiones: el Muro de las Lamentaciones, la Mezquita de Al-Aqsa y
el Santo Sepulcro, compartiendo así un protagonismo que, para el visi-
tante cristiano, se hace amargo y, cuando el peregrino, vive uno de los
momentos más emocionantes de su viaje, el vía crucis por la Vía Dolo-
rosa, escucha, sorprendido, el canto del muecín llamando a la oración
a los fieles islámicos. Y no será casualidad que Nazaret, sea hoy una
ciudad árabe o que la Capilla de la Ascensión, lugar donde, según la
tradición, Jesús ascendió al cielo y espacio sagrado para los cristianos,
esté hoy custodiada por musulmanes.
El viaje del peregrino llega a su fin cuando, en el Santo Sepulcro,
experimenta la mayor de todas las emociones; allí, el cristiano, encuentra la tumba de Jesús vacía y
atestigua lo que el Evangelio proclama: «El Señor ha resucitado realmente».
En el Santo Sepulcro, el caminante, celebra que Jesús no está ahí, que ha resucitado y se conm-
ueve al palpar lo que da verdadero sentido a su fe, una fe que, durante estos días, se ha reavivado. Este