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JOSÉ IGNACIO SÁNCHEZ BALLESTA
Presidente del Real y Muy Ilustre Cabildo Superior de Cofradías
Apóstoles de la Fé
Desde hace un año, el coronavirus inunda todas las parcelas de nuestras vidas. No hace falta detallar la ingente
cantidad de problemas que esta pandemia ha vertido sobre el conjunto de la sociedad. Quiero por ello que
mis primeras palabras sean de recordatorio hacia los hermanos corintos que nos han abandonado en este
tiempo pero que ya gozan en la presencia del Stmo. Cristo de la Caridad. Y sirvan también para transmitir mis deseos
de que pronto encuentren consuelo y paz quienes peor lo están pasando durante estos largos meses.
Como Presidente del Cabildo Superior de Cofradías, en anteriores escritos os hice partícipes de mi voluntad de apos-
tar por la unidad y hermanamiento de todos los miembros que conformamos esta gran familia, valiéndonos de unas
instalaciones en las que pudiéramos compartir con asiduidad la amalgama de inquietudes comunes que nos permiten
estrechar lazos. Sin embargo, la forma de relacionarnos en el día a día ha dado un vuelco de ciento ochenta grados y
la comunidad nazarena no ha sido ajena a esta circunstancia. Por razones sabidas, pues, pocas de las iniciativas han
tenido la oportunidad de materializarse.
El pasado 14 de marzo de 2020, ante las recomendaciones que nos hicieron llegar las autoridades sanitarias regionales,
el Cabildo hubo de tomar la dolorosa decisión de suspender los desfiles procesionales que con tanto esmero, anhelo
y dedicación llevábamos preparando desde el mismo Lunes de Pascua de 2019. No vacilo al proclamar que ése fue el
acuerdo que con mayor tribulación he tenido que anunciaros en el tiempo que, con tan alto honor, dirijo esta insti-
tución.
Escribo estas líneas cuando acaba de hacerse pública la decisión de la Diócesis de Cartagena de suspender de nuevo las
procesiones de Semana Santa en la Región de Murcia. Así pues, la actual coyuntura sanitaria que atravesamos —que
en estas fechas nos golpea con más virulencia si cabe— ha desembocado un año más en la triste situación de vernos
privados de ese fascinante cometido que, con igual dosis de ilusión que de responsabilidad, tenemos encomendado: el
acercar la Semana Santa a los cientos de miles de personas que la disfrutan, distribuidas fervorosamente por las calles
y plazas de nuestra ciudad.
Pese a todo, si una cosa está a mi alcance es el transmitir a todo el colectivo nazareno murciano la capacidad que ateso-
ramos de no circunscribir el verdadero mensaje de la Semana Santa sólo a los diez días en que los pasos y tallas de las
diferentes cofradías recorren sus itinerarios en esa conmemoración murciana de la Pasión de Cristo; muy al contrario,
calendario en mano, dirijamos sus cincuenta y dos semanas a proclamar, con todos los medios de que disponemos, el
amor que Dios profesa hacia su pueblo, tal y como hace dos mil años ejemplificó con el sacrificio de su Hijo.
Ante la nueva tesitura que nos ha tocado vivir, no podemos quedar reducidos a un papel de meros paganos que se han
visto desprovistos de la fiesta que esperaban celebrar. No asumamos como propia la figura gemebunda de Ahasverus,
aquel judío condenado a vagar de forma errante por los siglos de los siglos hasta la vuelta del Mesías, precisamente
por haberle negado un cazo de agua a Jesús cuando éste caminaba hacia el Gólgota cargado con la Cruz que habría de
redimir a toda la Humanidad.
Los cofrades de la Caridad, como todos los que integramos las distintas cofradías y hermandades de nuestra ciudad,
no solo celebraréis durante las próximas Cuaresma y Semana de Pasión diferentes actos de culto, sea mayor o menor el
alcance de las restricciones que puedan afectar a los mismos, sino que también tendréis la oportunidad, a lo largo de
todo el año, de dar cumplido testimonio de vuestra sólida fe, depositada de manera singular en ese majestuoso Señor
de la Caridad y su Madre Dolorosa, tan venerados por todos los murcianos.
Queridos hermanos del Stmo. Cristo de la Caridad: revolvámonos contra la adversidad y miremos el futuro con la
gracia de la fe. En los peores momentos, esa fe ha sido el motor de muchas personas: testimonio de ello lo observamos
incluso en el instante mismo de la crucifixión de nuestro Señor, como el que nos ofrece Dimas (el Buen Ladrón al
que, según la fuente lucana, Jesús aseguró que «hoy estarás conmigo en el paraíso») o el que nos depara Longinos (el
centurión romano que, tras hundir su lanza en el costado de Cristo, narra el evangelio de Marcos su casi instantánea
conversión: «Verdaderamente, este hombre era hijo de Dios»). En medio de la presente realidad, y desde nuestra pri-
vilegiada posición, os animo a impulsarnos como verdaderos apóstoles que traslademos la fe en Jesús y la esperanza de
su Resurrección a todos los rincones de la geografía murciana. Ése será el legado más importante que hayamos podido
dejar para cuando transcurra definitivamente esta época de tanto dolor y sufrimiento.
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