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Muy Ilustre y Venerable Cofradía del Santísimo Cristo de la Caridad
Sábado de Pasión, sale uno de los cortejos procesionales más jóvenes de la historia semanasantera
murciana, pero quizás el más ordenado, marcial, serio, puntual y donde el arte todavía se hace más
perfecto en sus formas, pasos, vestimentas, decoración, vistosidad…Son los cofrades corintos,- ter-
mina asegurándole el murciano al gordinflón.
-¡Por cierto!, tendré que cubrirlo esta tarde para el periódico y me tendrás que acompañar, ¿no?, le
insiste.
Gordinflón, indiferente, desintere-
sado, le responde: -
¡
Pero estáis locos, tanto
paso, tantas flores, tanto rojo corin-
to, y tanta música , ¡ah! Y tanta calle
cortada…que no dejáis vivir
al ciudadano.
-Bueno, hombre incrédu-
lo, verás que sensaciones
y mezcla de aromas y
olores y cuantas emocio-
nes descubres aquí en
Murcia, durante el día
de hoy.
Horas más
tarde, después de
una buena comi-
da en la Plaza de
Belluga, el peri-
odista
murciano
habla con su colega
madrileño: “Llega la
hora de la salida de
la procesión, tío. Vá-
monos a la plaza de
Santa Catalina antes
de que se ponga has-
ta el monumento de
gente, que luego no
se pueden sacar instan-
táneas buenas. Así es
que vámonos ya que sale
la del Santísimo Cristo de
la Caridad y son muy, muy
puntuales”.
Gordinflón al llegar a esa
zona, la más nazarena del Sábado de
Pasión murciano, le espeta a su colega mur-
ciano: Mira chaval, como no estoy muy de
acuerdo con estas celebraciones, te espero en esa calle junto a la plaza Santa Catalina, mientras bebo
unas buenas ‘gordas’ y unas ‘tapicas’, como las sabéis hacer tan bien aquí en Murcia, y mientras tú
cubres lo que tengas que cubrir, ¿vale?
El murciano se sube a lo más alto del pedestal de la Purísima que se encuentra en mitad de la
plaza, antes llamada Mayor, y donde antaño se celebraban los actos más populares y grandiosos de
la ciudad.
Son ya las 19,30 horas y la plaza se encuentra hasta el último hueco cubierta de gente. Gordin-
flón no cesa de oír magníficos sonidos de trompeta y redobles. Y con gesto de extrañeza y rostro com-
pungido le sorprende y asegura para sus adentros:
¡
Qué buena música se oye cerca de aquí… Oye
qué concierto más extraordinario se puede llegar a formar en esas calles tan recoletas de esta Murcia,
todavía medieval a veces!. No queriendo hacer caso aún a sus sentidos, sigue tragando cerveza Es-
trella en uno de esos locales que tiene toldos en la calle. Minutos después, y viendo un interminable
río de túnicas corintas, observa cómo se dan los últimos retoques en la plaza más antigua de Murcia.
Nuestro amigo abre los ojos como si una gran sorpresa estuviera aconteciendo frente a él,
porque respira, y cada vez más, oliendo a incienso, a cera, que mezclado con el azahar de las flores, le