Página 128 - Rosario Corinto 03-2016

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Muy Ilustre y Venerable Cofradía del Santísimo Cristo de la Caridad
cuantas palabras con cierto grado de coherencia.
He descartado, igualmente, incorporar cualquier contenido teológico o dogmático a esta
reflexión. De una profunda torpeza habría sido
atribuirme conocimientos de los que carezco ymenos
aún frente a semejante auditorio, en sede canónica y
ante mis hermanos corintos.
Puestos así y en plena crisis creativa, viendo
defraudar la excesiva confianza depositada en este
humildenazarenoverónico, unamiradaal crucificado
me liberó de la zozobra. La contemplación sosegada
de nuestro santísimo titular me trajo, al tiempo, la
respuesta en forma de pregunta: ¿Pero qué hizo este
hombre para verse así? ¿Cuánto no pudo sufrir este
hombre hasta verse así, muerto en la cruz? Como
reza el himno a nuestro sagrado titular ¿Qué te hicieron buen Jesús?
Quiero pedirles que me acompañen en este recorrido que va desde que Jesús es prendido en el
Huerto de los Olivos hasta que expira en la Cruz, para dar sentido a nuestra existencia con su gloriosa
resurrección. Un recorrido que les invito a realizar desde los ojos del pagano, del hombre sin fe, del
centurión romano, del hombre de a pié que es testigo directo de los acontecimientos y no acierta a
entender cuan vil puede llegar a ser la condición humana.
Recordemos pues juntos lo que aconteció en aquellas escasas 12 horas que transcurrieron desde
que Jesús fue llevado a presencia de Pilato, bien de mañana, hasta que, al anochecer, fue sepultado.
Veamos así como Jesús, obedeciendo la voluntad de Padre, acatándola hasta el límite de sus
fuerzas, es traicionado por sus discípulos y abandonado por todos, sufre el dolor humano hasta límites
insospechados, pero aún así muestra una majestad que está por encima del entendimiento humano,
porque, previendo su pasión, es capaz de aceptarla y muriendo en la cruz cumple la voluntad del
padre y en la resurrección vuelve a la gloria que le pertenece.
Situémonos en Getsemaní. Vísperas de la pasión. Getsemaní era un vergel, un trozo de tierra
lleno de flores y frutos. Allí había acudido Jesús a orar con sus discípulos, tras la última cena. Iban
todos menos Judas. Allí somos testigos del sufrimiento de un hombre, de un ser humano: Jesús, en
pleno trance de saber su muerte cercana, se aleja de sus amigos: “Siento una tristeza mortal, quedaros
aquí velando”, les dirá. Con la cara postrada en la tierra, desencajado, vivirá momentos de profunda
angustia. Ha de cumplir la voluntad divina, si, pero no quiere morir. Terriblemente desesperado pide
al Padre que cambie su designio. Lucas dirá que en aquellos momentos “le corría el sudor como gotas
de sangre, que caían a la tierra”. Estamos ante un hombre, un ser humano roto de sufrimiento, ante
la inminencia de lo inevitable. Sus amigos, sus discípulos, ajenos al dolor de Jesús, quedan dormidos.
Es la Oración en el Huerto.
Jesús es arrestado en Getsemaní por un grupo armado de palos y espadas, enviados por los
sumos sacerdotes. Es una detención oficial, pero ¿bajo qué motivo?. ¿Había robado, asesinado a
alguien, injuriado?
Aparentemente, Jesús había blasfemado contra el templo. De todos es sabido que mantenía una