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Muy Ilustre y Venerable Cofradía del Santísimo Cristo de la Caridad
y cargando sobre sus hombros con el enorme peso de la cruz.
Es Nuestro Señor Jesucristo camino
del Calvario.
La distancia no es mucha, apenas 400 metros separan el Palacio de Herodes de la cima del
monte de la calavera, pero el esfuerzo es sobrehumano. Simón de Cirene ayuda a Jesús a portar el
madero. ¿Piensan ustedes que los romanos se han comparecido
del reo y le procuran un descanso? No, nada más lejos de la
realidad. La costumbre romana impide crucificar a un muerto.
Jesús debe llegar vivo a toda costa al lugar del martirio. Por eso
usan al cirineo.
Un Cristo doliente y mal herido camina azaroso hacia
su cruel destino. La tradición judía proclama que los gemidos
y los llantos se le dan a los muertos, durante el entierro, pero
para los condenados a muerte, como nuestro buen Jesús, están
expresamente prohibidas las manifestaciones de duelo. Nadie
puede acercarse al reo, nadie puede auxiliarle o compadecerle.
Aquel que lo haga incumple la ley romana y pone su vida
en peligro. Pero una joven anónima, conmovida por aquella
barbarie, desafía la norma y, en una aparición fugaz y casi
furtiva, se acerca a un maltrecho Jesús para enjugarle siquiera
levemente el sudor. Hay que tener valor para, conociendo
el proceder de los soldados romanos, hacer lo que hizo esta
mujer.
Es Nuestra Santa Mujer Verónica
.
Se acerca el final. La crucifixión no es patrimonio de
los romanos. Antes que ellos, medos, persas y fenicios castigan los peores delitos con este tipo de
muerte. Son diversos los modos de ejecutarla, todas ruines, pero lo más probable es que Jesús, una vez
llegado al punto elegido para la crucifixión fuera tendido en la tierra y clavado al patibulum por las
muñecas, usando para ellos unos enormes clavos de más de 15 centímetros de longitud, clavos que,
al introducirse en la piel, destrozan el nervio mediano, que es el de mayor sensibilidad de la mano,
causando un profundo dolor en ambos brazos y la parálisis de las manos. Una vez, clavado al palo
transversal, este se alza sobre el
stipes o staticulum,
formando una cruz
immissa,
donde se cruzan los
palos, con cuerdas o clavos. Los pies de reo son clavados con el mismo proceder a este palo vertical,
pasando los clavos por su parte media y provocando un enorme destrozo en los nervios plantares. A
estas alturas, Jesús, el hombre, el ser humano, ya está casi moribundo.
A la mitad del este palo que se alza en vertical existe una pequeña tablilla, llamada
sedile
, en la
que el reo puede apoyar las nalgas, para no quedar descolgado. Este pequeño reposadero permitirá la
respiración del condenado. De no existir el
sedile
se tornaba extremadamente trabajosa la respiración,
por la excesiva extensión de los pulmones. El reo se impulsaba con los pies hacia arriba, aprovechando
el
sedile
para hacer entrar aire en sus maltrechos pulmones.
¿Creen ustedes que este pequeño asiento que coadyuvaba en la respiración era un acto
misericorde de los romanos? No. El objetivo no era otro que retrasar la muerte por asfixia y así alargar
la agonía del crucificado. A estas alturas, aún me pregunto que había hecho este hombre para merecer
semejante castigo.