Página 132 - Rosario Corinto 03-2016

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Muy Ilustre y Venerable Cofradía del Santísimo Cristo de la Caridad
Dos veces ofrecerán de beber a Jesús en el Gólgota, vino conmirra. ¿Otro gesto de compasión? La
respuesta no puede ser sino en los mismos términos que la anterior: el fin era narcotizar al condenado
para evitarle en parte en dolor y conseguir mantenerlo por más tiempo vivo en la cruz.
Estamos pues ante un ser humano, ante un hombre humillado, flagelado, desangrado, llevado
a la extenuación física y ahora asido con enormes clavos a un madero, cuya vida se apaga.
Ese Cristo
crucificado es Nuestro Cristo de la Caridad.
“A mediodía se oscureció todo el territorio hasta la media tarde”, dirá Marcos en su evangelio.
Jesús grita en la cruz con voz potente:
Eloi, eloi, lema sabaktani
(Dios mío, Dios mío por qué me has
abandonado). Nuevamente encontramos la faceta humana de un Jesús que se lamenta por no verse
liberado de la muerte, por la separación de su familia, de su pueblo. Ha sido fiel a su padre y este
le abandona, sus discípulos duermen o huyen, Pedro le niega, los sumos sacerdotes le juzgan y le
entregan a los romanos, el pueblo pide su crucifixión, Pilato lo tortura y le despoja de toda dignidad
humana para darle finalmente muerte.
Por segunda vez clamara Jesús. “En tus manos encomiendomi espíritu”, dirá ahora, recobrando
su condición de hijo de Dios. El final está cerca. Junto a la cruz estaba su madre. Tremenda imagen la
de esa madre viendo a su hijo agonizante e injustamente crucificado. Junto a María, estaba también
su hermana, María de Cleofás y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al lado de ella a su
discípulo predilecto, dice a su
madre “Mujer, ahí tienes a tu
hijo”. Luego, dice al discípulo:
“Ahí tienes a tu madre”.
El
discípulo
amado
es aquel con quien comparte
Jesús la zozobra de su pasión
inminente, es el que reconoce a
Jesús Resucitado, es la imagen
del creyente. El discípulo amado
es el que está con Jesús en la
última cena y quién está ahora
al pie de la cruz.
El discípulo
amado es Nuestro San Juan.
El
misterio
de
la
participación de la Virgen madre
dolorosa en la pasión y muerte de su hijo es probablemente el acontecimiento evangélico que ha
encontrado un eco más amplio e intenso en la religiosidad popular y también en la liturgia cristiana.
Pero el dolor de la Virgen, aunque encuentra en el misterio de la cruz su primera y última significación,
ha sido recogido por la piedad mariana también en otros acontecimientos de la vida de Jesús, en los
que la madre participó personalmente.
En general, se suele considerar el dolor de la virgen en la infancia de Jesús y no en su pasión,
donde no la encontramos hasta los momentos finales. Así, podemos situar a María en diferentes
episodios bíblicos a lo largo de la vida de Jesús. Se recuerda la subida al templo de José y de María
para presentar allí a Jesús a los cuarenta días de su nacimiento, con la dramática profecía del profeta