Página 133 - Rosario Corinto 03-2016

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Muy Ilustre y Venerable Cofradía del Santísimo Cristo de la Caridad
Simeón: “una espada atravesará tu alma”, espada que penetrando en María la hará sufrir, espada
símbolo del camino doloroso de la Virgen, que será asumida por la tradición como signo plástico de
los dolores sufridos por la madre del redentor y representada por los siete puñales clavados en el
corazón de María.
El camino de fe de la Virgen se vio muy pronto marcado por otro suceso doloroso: la huida
a Egipto con José y Jesús y una vez más, durante la infancia de Jesús, cuando este es hallado en el
templo tras varios días perdido, nuevo motivo de meditación y de interpretación sobre la voluntad de
Dios en el corazón de la madre.
Finalmente, es en el acontecimiento de la crucifixión donde encontramos el significado primero
y último de la Dolorosa. María, la Virgen madre de Dios, participa en la muerte redentora del hijo,
acogiendo en su regazo en cuerpo exánime de su hijo.
Es Nuestra María Dolorosa y Nuestra Señora
del Rosario en sus Misterios Dolorosos.
Jesús expira en la Cruz, muere de forma instantánea. La crucifixión en si no ha dañado ningún
órgano vital, pero el tremendo castigo que ha sufrido desde los primeros golpes de los sanedritas
judíos hasta la tortura en la cruz pasando por la flagelación y la ascensión al Gólgota provocan su
muerte.
La agonía de Jesús en la cruz dura poco, entre 3 y 6 horas. Pilato incluso se asombra de su escasa
resistencia, al punto que no se hace necesario aplicarle, como era habitual en el resto de crucificados, el
crurifragium
, esto es, la rotura con un mazo de la tibia y el peroné para que el reo no pueda impulsarse
hacia arribar para respirar. Para asegurarse de la muerte, un soldado romano clava su lanza en el
costado y al tiempo, como dicen las escrituras, mana sangre y agua.
Los soldados se encuentran junto a la cruz, custodiándola, para asegurarse que la sentencia se
cumpla y para evitar que los familiares roben el cadáver para enterrarlo, porque como saben ustedes
la condena de la crucifixión no acaba con la muerte, no, la condena acaba cuando las alimañas dan
cuenta del cadáver o cuando este es quemado y reducido a cenizas.
Providencial será aquí la presencia del centurión romano del que hablábamos al principio de
esta reflexión para dar fe de la procedencia divina de Jesús. Aquel centurión, pagano, viendo cómo ha
muerto Jesús ve quien es Jesús y a quién pertenece. “Verdaderamente, este era el hijo de Dios”.
Según la costumbre judía, los crucificados debían ser descolgados antes de la noche y ser
enterrados. Los romanos, como hemos dicho, prefieren dejar por varios días el cadáver en la cruz,
para prolongar el castigo más allá de la muerte. Pilato, cediendo a la pretensión de José de Arimatea,
le entregó el cuerpo de Jesús. Aquel, compró una sábana, bajó el cuerpo inerte de Jesús, lo envolvió en
la sabana y lo enterró en un sepulcro excavado en la roca.
Bien conocen ustedes lo que aconteció después. Al tercer día resucito de entre los muertos.
¿Qué habría pasado si Jesús no hubiese resucitado?
Que no habría cristianos en el mundo, que el
cristianismo no existiría, que hoy en toda la tierra más de dos mil millones de cristianos no estaríamos
celebrando ni la eucaristía, ni su resurrección. “Si la muerte hubiera sido superior a Jesús, todo habría
concluido. Jesús hubiera sido olvidado. De su vida, su evangelio, su muerte, no habría quedado más
que un amargo sabor a utopía, ingenuidad o fracaso”.