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Muy Ilustre y Venerable Cofradía del Santísimo Cristo de la Caridad
A esa presentación del objetivo de su vida, seguirán los hechos y palabras con los que hará
presente al Padre de la misericordia entre los hombres. Estos hombres son “
en primer lugar los pobres,
carentes de medios de subsistencia, los privados de libertad, los ciegos, los que viven en aflicción de corazón o
sufren a causa de la injusticia social, y finalmente los
pecadores. Con relación a éstos especialmente, Cristo
se convierte en signo legible del Dios amor
” (Juan
Pablo II)
Este amor se manifiesta particularmente
en el contacto con el sufrimiento, la injusticia,
la pobreza; en contacto con toda la “condición
humana” histórica, que de distintos modos ma-
nifiesta la limitación y la fragilidad del hombre,
bien sea física o moral”. El amor así manifestado
es llamado “
misericordia
” en el lenguaje bíbli-
co.
Así se había manifestado Dios, muchos años antes, en la historia: vio la miseria de su pueblo,
reducido a esclavitud en Egipto, oyó sus gritos, conoció sus angustias y decidió liberarlo, poniendo
en acto su amor y su compasión (cf Ex 3,7ss). De esa experiencia de liberación arrancará la seguridad
que tendrá siempre el pueblo, de poder contar siempre con la
misericordia divina en toda circunstancia dramática y difícil
que se presente en su vida.
Pero la miseria del hombre fue también su pecado.
El pueblo conoció esta miseria cuando hizo
el becerro de
oro.
Entonces, el
Señor se encolerizó, pero ante la súplica de
Moisés,”se arrepintió de la amenaza que había pronunciado
contra su pueblo” (Ex 32,14) y renovó la alianza, manifestán-
dose solemnemente al mismo Moisés como “Dios compasivo
y
misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”
(Ex 34,6)
Y nuevamente, en esta revelación, el pueblo elegido, y
cada uno de sus miembros, encontrarán, después de toda cul-
pa, la fuerza y la razón para dirigirse al Señor, recordándole
lo que él había revelado de sí mismo, e implorando
su perdón.
Los salmistas, de un modo especial, cuando
desean cantar las alabanzas más sublimes al Señor,
entonan himnos al Dios del amor, de la misericor-
dia y de la fidelidad (s 102; 145; 24)
Más adelante, en la vida de Jesús, en la
pará-
bola del hijo pródigo
, la misericordia divina apare-
ce de una forma realmente maravillosa. Aquel hijo
es, en cierto sentido, el hombre de todos los tiem-
pos. En dicha parábola están incluidas toda clase
de rupturas de la alianza de amor, toda pérdida de
la gracia, todo pecado. En todo caso y situación del hombre, el Padre siempre está esperando, mirando