Page 26 - Rosario Corinto 11
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hermanos nuestros sin trabajo, sin hogar, y con mucho frío húmedo en la Cuenca del Segura. Son
           quienes cambian de canal en los resúmenes de final de año porque se niegan a comprender que
           alguien pueda bombardear y matar en ningún día del año. Son quienes con pena guardan enseres
           y lucecitas en el trastero “hasta el año que viene, si Dios quiere”… Y quienes rezan en silencio
           agradecido el don de la vida naciente en la barriga de mamá y también el don de la vida eterna de
           los que se adelantaron a ella.

                   Son también “beleneros” quienes en grupo se organizan a modo de cofradía o hermandad
           para remover en algazara las fechas navideñas. Son quienes en cuadrillas o coros se ofrecen a pa-
           rroquias, a centros de mayores, a hospitales, a instituciones solidarias, para cantar, vena en cuello,
           aguilandos del terruño y sones navideños de todo continente, incluso en panochinglés. Son quie-
           nes pasando frío recogen alimentos (ya sabemos que esto es insuficiente) para que un litro de leche
           llegue a alguna familia que lo necesita. Son tantos voluntarios de asociaciones de la Iglesia católica
           y de otras instituciones que ofrecen fórmulas de preparación profesional. Son quienes en sus duros
           negocios autónomos facilitan trabajo y experiencia (y quizá se complican la vida con Hacienda).
           Son quienes predican el Quinto Evangelio (que no se oirá en el Templo) con su testimonio callado
           haciendo llamadas a enfermos, o se preocupan del vecino del tercero que últimamente ni sale ya a
           pasear porque no le visitan los hijos y no tiene a qué brazo asirse en el parque.

                   Hay beleneros del tiempo actual. Recordemos a uno en especial que vivió durante el siglo
           XIII. Se llamaba Juan.

                   Citemos antes que el clásico belén es un signo claro y hermoso de la Navidad. Es ante todo
           un cuadro bíblico y una representación gráfica del relato de los evangelistas Mateo y Lucas. Este
           tipo de representaciones de la escena del nacimiento son muy antiguas en la Iglesia. Las encontra-
           mos en bajorrelieves de sarcófagos de los siglos IV y V. En el siglo XI se aplicaron en catedrales y
           abadías para acercar al pueblo sencillo y tantas veces inculto el sentido de la liturgia de la Navidad.
           Y fue en el siglo XIII cuando el belén comenzó a difundirse con fuerza, primero por Europa y más
           tarde por todo el mundo cristiano. ¿Quién fue el causante?

                   Nos ubicamos en 1223. En el Valle Reatino, en la actual Italia. Concretamente en la pobla-
           ción de Greccio. Allí se detuvieron durante unos días, cercana ya la Navidad, un grupo de frailes
           que venían de Roma, pues el Papa Honorio III acababa de confirmar su Regla, su modo de vida
           pobre y en fraternidad. Los capitaneaba Francisco. De Asís, para más señas. Este “Pobrecillo”
           guardaba en su retina la intrépida peregrinación que realizó a Tierra Santa. Las grutas de aquel
           valle le hacían volar con la imaginación a recordados paisajes de Belén. Además, en la Ciudad
           Eterna se habían quedado boquiabiertos con los mosaicos de la Basílica de Santa María la Mayor
           que representaban el nacimiento de Jesús, llegando incluso a escuchar que cerca se conservaban las
           tablas del pesebre.

                   Faltaban quince días para la Natividad y Francisco soñó: «Deseo celebrar la memoria del
           Niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su
           invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey
           y el asno».

                   Francisco pidió ayuda. ¿Sabéis a quién? Al primer belenero. A Juan. Quien durante días bus-
           có personas que pudieran representar la escena del nacimiento de Cristo. Preparó todo lo necesario
           con enseres y rastró el lugar adecuado en Greccio.

                   Siguen contando las crónicas que el 25 de diciembre, llegaron a Greccio muchos frailes de
           distintos lugares, como también hombres y mujeres de las granjas de la comarca, trayendo flores
           y antorchas para iluminar aquella noche santa. Cuando llegó Francisco, encontró el pesebre con
           el heno, el buey y el asno. Las personas que llegaron mostraron frente a la escena de la Navidad
           una alegría indescriptible, como nunca antes habían experimentado. Después el sacerdote, ante el
           Nacimiento, celebró solemnemente la Eucaristía, mostrando el vínculo entre la encarnación del
           Hijo de Dios y la Eucaristía. En aquella ocasión, en Greccio, no había figuras: el belén fue realizado
           y vivido por todos los presentes.

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