Page 24 - Rosario Corinto 10
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Todos tenemos un “aquí”. Cada persona atesora lugares donde el alma se sosiega y
reposa la ajetreada vida moderna. Quizás destaca ese lugar de la infancia donde
juguetean todavía los recuerdos. Pueden ser espacios que nos recobran el rostro de
personas presentes o que ya marcharon. Son sitios donde vivimos experiencias inolvidables. Los
lugares significativos son más que coordenadas en el mapa, no basta con buscarlos en Google
Maps. Están marcados a fuego en la piel y en el espíritu. Solo tú sabes del “aquí” que se ubica en
el territorio de tu alma y al que regresas en peregrinación.
Pues bien, Jesús nos regaló su “aquí”. Jesucristo el Hijo de Dios nos entregó su “aquí” al
pisar nuestro globo terráqueo en Israel. La presencia del Maestro en torno al año 0-33 nos muestra
desde entonces que aquella tierra no es cualquier porción de Pangea. No es casualidad, no es un
bello eslogan publicitario que engancha. Es “Tierra Santa” por Quien la pisó y dignificó: Jesucristo
Nuestro Señor. Para nuestra fe en Cristo el principio formulador de la Salvación se fundamenta
en la Encarnación de Dios. Jesucristo se hace hombre, toma carne, sangre, aliento, biología y a
pie descalzo o enfundado en sandalias, patea la tierra que lo vio nacer. Su “aquí” es expresión del
principio de Encarnación del Hijo de Dios. Dios se humanizó, se hizo tierra en una tierra concreta,
en una sangre reconocible, en un pueblo localizable, en una tradición particular.
Gracias a la Cofradía del Cristo de la Caridad un grupo de cofrades y amigos, todos pere-
grinos, hemos tenido la oportunidad de viajar a Israel para contemplar los escenarios de nuestra
salvación durante una semana de diciembre 2022. No relataré aquí la Crónica de la Peregrinación,
pues otros compañeros de afilado y certero cálamo ya se ocupan en este mismo espacio de la Re-
vista corinta. Allí reflejan día a día los lugares precisos y los acontecimientos reseñables de nuestro
itinerario. Quiero solo trasladar el sentido, el aroma que me ha proporcionado tal caminata espiri-
tual. Y rastrear a Jesús en sus “aquís”.
Aterrizar. Bella palabra también. Tomar tierra y pisar firme el suelo. Desde el aterrizaje de
nuestro avión en la luminosa jornada de llegada todo se fue precipitando dulcemente. Cada nuevo
día arracimó un montón de lugares y experiencias bíblicas. En Nazaret la primera llamada de aten-
ción, leyendo y proclamado el Evangelio de San Lucas, capítulo 1:
“El sexto mes envió Dios al ángel Gabriel, a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, AQUÍ,
a una virgen prometida a un hombre llamado José, de la familia de David; la virgen se
llamaba María.”
¡Aquí! Sí, estoy pisando esa tierra, la misma tierra de Jesús, de su Madre, de su Familia
Sagrada. La Tierra Santa del Pueblo Santo en la Fe del Único Dios Verdadero. ¡Aquí! Y nosotros
peregrinos tenemos el privilegio de pisar, de tocar las cercanías de esta tierra donde Yahvé le dijo
a Moisés “descálzate, porque estás pisando tierra sagrada”. ¿Descalzamos nosotros peregrinos, el
alma, la vida? No sé. Pero oportunidades tuvimos desde el principio de la peregrinación. Y oportu-
nidades seguimos teniendo, hallamos viajado o no a Tierra Santa. Pues la auténtica Tierra Santa no
se ubica con GPS y satélites espaciales, sino que se localiza en el corazón, y de modo fácil, apenas
abriendo las páginas de la Sagrada Escritura. No es imprescindible ir a Israel. Pero los peregrinos
experimentamos una inestimable ayuda al recalar en los escenarios de salvación. Todos lo dicen:
“Después de Tierra Santa ya no escucharás los relatos bíblicos de la misma forma. Cada nombre
hará volar tu imaginación a los lugares adonde peregrinaste y la experiencia te ayudará a profun-
dizar en la fe”.
“Por entonces se promulgó un decreto del emperador Augusto que ordenaba a todo el mundo
inscribirse en un censo… José subió de Nazaret, ciudad de Galilea, a la Ciudad de David
en Judea, llamada Belén, –pues pertenecía a la Casa y familia de David–, a inscribirse con
María, su esposa, que estaba encinta. Estando allí le llegó la hora del parto y AQUÍ dio a
luz a su hijo primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no habían
encontrado sitio en la posada. (Lucas 2)
Aquí significa “en este lugar”. Lo pudimos comprobar en Belén: Aquí nació Jesucristo. La
primera luz que contempla un ser humano se acopia en su retina y también en el DNI. Por eso
el lugar del parto es el lugar de la identidad. Dios fue parido humilde y santamente en Belén. La
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