Page 25 - Rosario Corinto 10
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Basílica de la Natividad nos acogió llena de historia, salpicada de inciensos y de guerras. Por eso
al atravesar la puerta de entrada hay que doblar el lomo. Para evitar ser atacada la Basílica y que se
introdujeran en su interior soldados a caballo, la puerta de acceso es pequeña y hay que agacharse
para poder entrar. De igual manera es preciso abajarse para reconocer y adorar el misterio de Dios
que nace, se hace humano. Es el misterio de la fe. Solo cabe entrar mirando al suelo, reconocien-
do la propia indignidad. Después de una procelosa y pacífica cola con multitud de peregrinos de
todos los idiomas, logramos arrodillarnos un instante en silencio. Nuestra alma estaba en la gruta
de Belén, donde una estrella recuerda el lugar exacto, el AQUÍ donde Dios viene a ser humano,
contigo, conmigo. Con todos. Por supuesto salpicamos la tarde con villancicos y comimos polvo-
rones, adelantando la cercana Navidad del calendario.

       Y la vida continuaba. También para Jesús, que “crecía en gracia y estatura delante de Dios y
de los hombres”. Otra bella imagen. Ahora en los restos arqueológicos de Séforis, la ciudad cercana
al hogar nazareno de la Sagrada Familia. Donde con mucha probabilidad fueron a trabajar padre e
Hijo carpinteros, artesanos en esta comarca del norte. Entre las piedras gastadas, añosas del cardus
y el decumanus romanos, oteábamos la lejanía. Aquellos montes, valles, colinas no han cambiado
su perfil desde el tiempo de Jesús. Por tanto, aquellos horizontes ¡son los mismos que pudo con-
templar Jesús! Otro “aquí” regalado. Y la emoción brota y se derrama en el interior. Y quiere uno
grabar, no en el teléfono móvil o en la cámara fotográfica, sino en el hondón del espíritu aquellos
aromas, aquella luz de la Tierra de Jesús, donde desgastó años y caricias de misericordia.

       Y del Niño Dios, del jovenzuelo Dios, pasamos a rastrear al adulto Dios. Jesucristo llamado
por su buen Padre Dios a anunciar a todos el amor auténtico. Y el autobús cargado de peregrinos
murcianicos se adentró en el valle buscando agua. El Aquí del río Jordán:

           “Comienza la Buena Noticia de Jesucristo, Hijo de Dios. Tal como está escrito en la profecía
           de Isaías: Mira, envío por delante a mi mensajero para que te prepare el camino. Una voz
           clama en el desierto: Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos. Así se presentó Juan
           en el desierto, bautizando y predicando un bautismo de arrepentimiento para el perdón de
           los pecados. Toda la población de Judea y de Jerusalén acudía a él, y se hacía bautizar por él
           AQUÍ en el río Jordán, confesando sus pecados.” (Marcos 1)
       En este río Jordán Jesús se puso en la fila de los pecadores. Y se hizo pecado para lavar todos
los nuestros. Recibió el bautismo de Juan. Y confirmó la llamada de Dios Padre, con la iluminación
de Dios Espíritu Santo, para entregarse por completo a nuestra Salvación.
       Dice el filósofo que uno nunca se baña en el mismo río. Las evidencias apuntan al acierto
científico, pues fluye el líquido elemento corriente abajo. El agua de hace dos mil años (imagino
muy limpia) no es el de ahora. Pero en el río Jordán, tras las huellas de Jesús, la sentencia flojea.
Porque los innumerables peregrinos de tantos siglos desean encontrar “el mismo río”, el mismo
“aquí” de Jesús. No nos vale otra agua, queremos, anhelamos el agua de Jesús, su río, su vida.
También nuestros hispánicos pinreles los introdujimos en el caudal con el deseo notorio de reno-
var nuestra profesión de fe. Somos creyentes cristianos. Apostamos por Jesús en Tierra Santa y en
nuestra vida en Murcia. Una vez más dijimos que le damos de patadas al maligno (aunque seamos
pecadores consentidos) y que nuestra vida sin Cristo no es tal.
       Los “aquís” de Jesús iban configurando poco a pocos nuestros “aquís”, los de todos los pere-
grinos. Gracias, Jesús, por regalarnos tu Tierra, la que tú has trastocado en Santa. La peregrinación
se hizo canto cuando recitamos, enardecidos por el salmo 121, el canto de Manzano de 1968, que
sabemos de carrerilla: “¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del señor. ¡Ya están pisando
nuestros pies, tus umbrales, Jerusalén!”. El autobusero palestino debía estar acostumbrado a las
oleadas de peregrinos españoles pues ni meneó la cabeza ante las arrobas de semicorcheas flotando
en el autobús. Mirábamos la actual “ciudad de la Paz” como queriendo descubrir algún borri-
quillo pretérito, algún rastro de antigüedad… Pero nada. Todo asfalto, coches, ruido de ciudad
masificada. Más tarde, a pie enjuto, ya sí pudimos callejear y visitar los lugares de la ciudad vieja y
olfatear el alma cristiana por la que dieron su vida miles de cruzados. Quiero subrayar la generosa
y martirial presencia de los Franciscanos, cuyos lugares de Custodia son espléndidos, un remanso

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