Page 26 - Rosario Corinto 10
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de paz, limpieza y ofrecimiento para la oración y la vida espiritual. Ellos guardan desde antiguo los
           principales lugares de la tradición cristiana. Son guardianes de nuestros “aquís”.

                   Cada día celebrábamos el grupo de peregrinos la Eucaristía. ¡Qué podemos mencionar del
           Cenáculo sin emocionar los recuerdos…! Allí renovamos cada cristiano nuestro cariño agradecido
           porque Jesús se quedó con nosotros en la Eucaristía, verdadera presencia, auténtico “aquí” del
           corazón de Jesús Sacramentado. Nos desplazamos más tarde, acompañando la tarde noche de
           Getsemaní, al Huerto de los Olivos y, apretujados, descendimos a un terrible espacio entrañado
           en la roca, bajo pies de ruinas, donde en los restos de un antiguo almacén de cereales, según la
           tradición, encarcelaron y torturaron al Maestro, antes de su Crucifixión. Había silencio lleno de
           dolor y compasión.

                   Entonces quisimos vernos entre los olivos y la oscuridad acompañando a Jesús empujado por
           sayones, camino de la condena injusta. Sentencia, condena, tortura, ejecución… Todo discurría en
           nuestra peregrinación con la misma prisa del relato evangélico. De noche también paseamos por la
           bella Vía Dolorosa, ejercitándonos con el Vía Crucis de madrugada. Nuestros rezos derramándose
           justo al lado donde otrora goteara la preciosa sangre del Hijo de Dios. Y siempre con el Evangelio
           en las manos, nuestros guías, nos adentraban en la tragedia que salva a la humanidad, en Jerusalén:

                       “…Llegaron AQUÍ, a un lugar llamado Gólgota, es decir, Lugar de la Calavera” (…) Jesús,
                       lanzando un nuevo grito, expiró. (Mateo 27)
                   Silencio de nuevo. Silencio de piedra, silencio negro, que te atraganta hasta el pensamiento
           interno. ¿Cómo es posible tanto amor? ¿Cómo Dios puede darnos la vida, muriendo Él? ¿Y mi
           ingratitud? En aquellas calles que amanecían se agolpan las más profundas preguntas de la huma-
           nidad. Y regresó el jaleo de los peregrinos, el tumulto de las tiendas que abrían en los barrios judío,
           cristiano, musulmán, armenio.
                   El Calvario, el lugar donde Jesús respiró por última vez el oxígeno de su querida tierra.
           Aquí mismo, a mis pies. Las Basílicas hoy cubren con un manto grueso aquellos espacios entonces
           desnudos, pero son aquellos mismos emplazamientos. Y Jesús allí (aquí), pendiendo de la cruz de
           nuestra salvación. Más silencio.
                   Pero el definitivo “aquí” no está en Jerusalén, siquiera en toda Asia, ni en todo el orbe. Jesu-
           cristo nos promete el “aquí” de su amor en el cielo:
                       “Pasado el sábado, al despuntar el alba del primer día de la semana, fue María Magdalena
                       con la otra María a examinar el sepulcro. De repente sobrevino un fuerte temblor: Un ángel
                       del Señor bajó del cielo, llegó e hizo rodar la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de re-
                       lámpago y su vestido blanco como la nieve. Los de la guardia se echaron a temblar de miedo
                       y quedaron como muertos. El ángel dijo a las mujeres: —Vosotras no temáis. Sé que buscáis
                       a Jesús, el crucificado. No está aquí; ha resucitado como había dicho. Acercaos a ver el lugar
                       donde yacía.” (Mateo 28)
                   Gracias, compañeros peregrinos, por este viaje del alma, que nos hace crecer en apetito del
           eterno “aquí” de Dios. Somos peregrinos caminantes hacia el cielo. Gracias especiales a José Ma-
           nuel (Peregrinaciones Nazaret) y Antonio José (presidente de la Cofradía), por facilitarnos todo y
           sembrar en tantas personas el deseo de regresar a Jerusalén. Querido lector, vente a Jerusalén.

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