Page 37 - Rosario Corinto 12
P. 37

Sobre la Murcia olvidada:
    las espléndidas novenas de Dolores

                                                                 José Alberto Fernández Sánchez
                                                                Academia Andaluza de la Historia

 Dentro de las celebraciones “diletantes” de la religiosidad murciana de finales del
                 XIX, las denominadas novenas de Dolores gozaron de un predicamento iniguala-
                 ble. La importancia de este culto se debía al gran arraigo de la “Dolorosa” como ico-
nografía y devoción netamente murciana. Así, desde el episcopado de Belluga con el conocidísimo
milagro de la Virgen de las Lágrimas, este culto mariano fue en aumento1. El fervor se acentuó con
la implantación, ya mediado el setecientos, del nuevo tipo iconográfico salzillesco que supuso la
ruptura con el modelo iconográfico de la Soledad según la variante de viuda castellana2. La acepta-
ción popular de ambos elementos como una parte inseparable -fundamental incluso- de su acervo
histórico conllevó el apego a esta devoción que, en pocos años, alcanzó todo el Reino de Murcia
llegando al extremo de no existir iglesia en la capital que no contara con una representación suya3.

         El regionalismo de finales del ochocientos -que tuvo en Murcia un impacto bien discreto-
focalizó en este culto toda su retórica: no en vano, constituía una seña de identidad que el espíritu
romántico no podía dejar de alentar4. Fruto de esta disposición las novenas se convirtieron en au-
ténticas ceremonias de exaltación mariana en las que, lejos de influir una atmósfera sobria propia
del tiempo de Cuaresma, se acentuaron los valores festivos: eso sí, marcados intrínsecamente por
el esplendor alentado por la liturgia entonces vigente y el deseo de enmienda de las arbitrariedades
anticlericales del siglo. La prensa corrobora estas premisas con múltiples referencias al espectáculo
local, marcadamente colorista, sensual y femenino. Jara Carrillo, por ejemplo, glosa la festividad
como una auténtica conmemoración de la mujer murciana, revestida con la tradicional mantilla
y celosa cumplidora de los ritos religiosos de la tierra5. Desde este punto de vista, el Viernes de
Dolores (día que culminaban las novenas) constituía una de las fechas señaladas en el calendario
local; con más preeminencia, incluso, que el propio Domingo de Ramos donde la procesión de la
Virgen de las Angustias constituía el epílogo triunfante de la fiesta mariana recién vivida6.

       La retórica localista en torno a los dolores tenía una serie de ritos imprescindibles que mar-
caban su carácter netamente festivo: los más representativos, quizá, eran las serenatas que solían

1VILAR, J.B., El cardenal Luis Belluga, Granada, Comares, 2001, págs. 89-93.
2CUESTA MAÑAS, J., “La escultura vestidera en la Semana Santa: el tratamiento especial de la Dolorosa” en Actas XI Encuentro provincial de cofradías,
Cox, Junta Mayor de Cofradías, 2004, págs. 75-78.
3Como se evidencia en la completísima relación recogida en todos sus tomos por FUENTES Y PONTE, J., España mariana. Provincia de Murcia, Lérida,
Carruéz, 1880.
4Diario de Murcia, domingo 18 de abril de 1886.
5Diario “El Liberal” de Murcia, domingo 6 de abril de 1925.
6Este tema ha sido objeto preferente de análisis en FERNÁNDEZ SÁNCHEZ, J.A. y FERNÁNDEZ SÁNCHEZ, P., “A siete puñales ceñida: Los dolores
de Nuestra Señora en Murcia” en Nuestra Señora del Primer Dolor. Medio siglo en la Semana Santa de Murcia, Murcia, Universidad Católica San Antonio
(UCAM), 2014: pp.25-34.

                                                                                                                                                     37
   32   33   34   35   36   37   38   39   40   41   42