Page 38 - Rosario Corinto 12
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recorrer las calles de la urbe en las horas previas al Viernes de Dolores7. La costumbre -siguiendo las
           crónicas- consistía en la concurrencia de bandas de música, en pasacalle improvisado, obsequian-
           do a las numerosas imágenes de la Virgen de los Dolores existentes en hornacinas y ubicadas al
           efecto en balcones o ventanas de las viviendas de la ciudad8. Otras instituciones -la propia prensa
           que tanto se detiene en estos detalles- recibían en sus sedes a las comitivas agasajándolas con un
           improvisado agasajo culinario. Este rito, que marcaba el preámbulo de la fiesta, mantenía durante
           horas entretenida a la población que disfrutaba con intensidad las jornadas previas a la Semana
           Santa9. A estos festejos lúdicos se sumaban los actos piadosos que configuraban una celebración
           premonitoria -prácticamente autónoma a las procesiones- de la Semana de Pasión10.

                   La dimensión exacta de estos actos en la Murcia de fin de siglo es conocida a través de un
           dato singular: el acceso a los templos de mayor raigambre en estas novenas se realizaba previo pago
           de un donativo que daba derecho a ocupar un lugar específico y mediante el que se controlaba
           el limitado aforo de las iglesias. Parroquias como San Bartolomé, San Pedro o San Nicolás lleva-
           ban a cabo sus celebraciones con grandes dispendios organizados, generalmente, por cofradías o
           mayordomías encargadas al efecto. El gasto se dedicaba a la erección de altares sobre el presbite-
           rio con profusas iluminaciones y costosos adornos monásticos de flor contrahecha, el preceptivo
           acompañamiento musical –orquesta para aquellos emplazamientos más acomodados, como solía
           acontecer en San Nicolás- así como la edición de estampas y recordatorios alusivos al evento. Para
           nada debe extrañar que en esta época hasta seis cofradías tuvieran esta advocación por titular única,
           al margen de aquellas otras que solían integrarlas a la semana siguiente en sus procesiones.

                   La ausencia de corporaciones afines en otras parroquias y conventos no significaba que no
           se le rindiese culto a la Virgen de los Dolores pues resultaba frecuente que éste recayera sobre ca-
           mareros que corrían autónomamente con los gastos (como fue el caso de la iglesia de Santa Ana).
           Además, y como ya se ha mencionado, imágenes de la Virgen en alguno de sus “Siete dolores”
           había en todas las iglesias de la ciudad sin excepción como pervivencia de aquella suerte de pre-
           eminencia (cercana a la actual concepción oficial del patronazgo) de que gozó su culto a lo largo
           del siglo XVIII.

                   Las novenas se celebraban según la liturgia habitual en el catolicismo finisecular: misa de
           comunión general por las mañanas y el preceptivo sermón por la tarde que, junto al rezo del “ejer-
           cicio de los dolores”, eran acompañados de música. Como en las restantes ceremonias religiosas los
           compositores locales legaron su impronta emulando a las famosas piezas que, en el siglo XVIII, ha-
           bían compuesto Vivaldi o Pergolesi para diversas cofradías servitas italianas11. Así, cabría destacar
           -por la frecuencia con la que se interpretaban- el “Stabat Mater” y “Los dolores” de Mariano García
           -maestro de capilla de la Catedral- estrenadas durante las novenas celebradas en San Nicolás en
           186612. Poco después aparecieron en el panorama local las composiciones homónimas de Mirete
           (antes de 1882), Julián Calvo (1883), Fernández Caballero (antes de 1902), Andrés Reverte Pastor
           (1906) y Samuel Prats (1930)13: algunas de ellas dedicadas a las cofradías de Santa Catalina y a los
           Servitas. Para su interpretación se recurrían a conocidos tenores, no siendo extraña la presencia
           de cantantes venidos de fuera: hecho que concitaba gran expectación remarcando el prestigio -o
           desatando la porfía- entre unos determinados templos y otros14.

                   Para culminar este esbozo cabría mencionar la atmósfera de la celebración en la que los
           efectos oropelescos -operísticos en definitiva- no estaban ausentes; las descripciones se centran,

                  7Diario de Murcia, viernes 31 de marzo de1882.
                  8Diario “El Liberal”, Murcia, jueves 12 de abril de1905.
                  9Diario de Murcia, viernes 4 de abril de 1884.
                  10De forma similar a como siguen celebrándose actualmente estas horas inmediatas a la Pasión en localidades de la región (Alhama, Totana o Lorca) o en
                  otras inmediatas (las dianas de Vélez Rubio).
                  11Como en el caso de Venecia o Nápoles. Véase FRAGA, F., “Entre lo divino y lo humano” en Stabat Mater, Madrid, El País, 2004, págs. 9-40; y QUEIPO
                  DE LLANO OCAÑA, P., “La música sacra de Antonio Vivaldi” en Música sacra, Madrid, El País, 2004, págs. 9-52.
                  12Diario “La Paz” de Murcia, lunes 19 de marzo de 1866.
                  13Véase el capítulo correspondiente dentro de este trabajo.
                  14LÓPEZ LORCA, E. y FERNÁNDEZ SÁNCHEZ, J.A., “El archivo musical de Las Anas y la Semana Santa de Murcia” en Murcia, Semana Santa…
                  (obr.cit.), nº12, 2009, pág. 31.

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