Page 126 - Rosario Corinto 09
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Las penitencias monásticas, incluso, han hecho un receso. Las religiosas, con sus velos cen-
                                                                                                                                      dales sobre sus rostros, han asistido al tremolar de la Vexilla. La sangre roja de la Cruz ha asomado,
                                                                                                                                      otra vez, sobre el negro luto de la muerte y ha preconizado su victoria final. La mayor de todas
                                                                                                                                      las hermanas, como es costumbre, ha abierto la pequeña cancela del comulgatorio. A través suya
                                                                                                                                      observarán, como siempre, al ritual. Agachadas, con las rodillas hincadas sobre la solería terrosa, se
                                                                                                                                      deleitan en el bramido creciente y acompasado de la caja. Su intenso latido palpita entre los muros
                                                                                 Soldadesca.                                          con la rudeza de un hombre impetuoso. Se sobrecogen.
                                                                                                                                            El sacristán ya ha girado la charnela del portón y, de forma tímida, se cuela el último añil
                                                                                                                                      del día. Los soldados con los pendones, sus tersos morriones, casacas coloridas, golas almidonadas
                                                                                                                                      y calzones acuchillados, se internan con marcialidad en las entrañas del santuario. El capitán rinde
                                                                            José Alberto Fernández Sánchez                            el plumaje y las alas del sombrero bajo la capa que muestra orgullosa el emblema santiaguista. El
                                                                                                                                      resto de la compañía lo imita.
                                                                                                                                            Se apresura desde el frente salomónico del altar la figura quebradiza del capellán. Le ofrece
                                                                                                                                      la reliquia santa y el, otrora altanero, se complace arrodillado en besarla con fruición. Se alza y el
                                                                                                                                      escuadrón avanza. En la profundidad de una capilla les convida su protector, el Santo Cristo del
                                                                                                                                      Consuelo, bajo una liviana trama de tafetán. La mortecina cara del Redentor, sus músculos agarro-
                                                                                        A Antonio Munuera                             tados, los coágulos de sangre discurriendo sobre su pecho…, se intuyen, emborronados, a través
                              A                                                                                                       del tejido. La milicia se postra rindiendo sus insignias.
                                   pocos metros del portichuelo de Santa Catalina hay un huerto cercado. En él, entre
                                   los naranjos cobijados a la sombra de los cipreses, arriba antes la Primavera. Y el
                                                                                                                                            Dos monaguillos asoman con sendas hachas arrimándolas al altar. El preste, ya desprovisto
                                   corazón de la ciudad siente su pregón: anidan pronto las letanías de las golondrinas
                        y perfuma el incienso de sus azahares, las celdas más rezagadas que se esconden tras los muros del            del vestigio, se adelanta con el incensario y entona: <<Miserere mei, Deus...>>. Las vestales le
                                                                                                                                      cumplimentan instantáneamente con su salmodia. Desde la lejanía del coro entra acucioso un aire
                        convento.                                                                                                     etéreo de solemnidad perdida. Los soldados se desciñen las espadas arrojándolas, entonces, ante el
                             El rigor ascético de las Justinianas se asoma entonces poco a estos verdores edénicos que                sacro simulacro. Los adjutores alzan los cirios cuanto pueden mientras las alabardas, humilladas,
                        guardan. Las reciedumbres de la Cuaresma, con sus ayunos y penitencias, las aletargan; su espera se           reverberan el brillo como espejuelos por toda la estancia.
                        hace sumisa, cansina caminata de rezos y cuentas de rosario. Y su ciclo es constante, una vez y otra,               Un escolta recio, un tal Dominguillo, mira de reojo al lateral de la capilla. Las luminarias
                        solo aliviado por el quehacer laborioso que las ensimisma lejos de los quebrantos purificadores.              han encendido los colores de un cuadro que se abre, inmenso, a su derecha. Reconoce los bultos y
                             El torno de la portería se hace, en esos días, esquivo y el eco de su esquila, llamando desde            sus gestos al instante: <<Son soldados, soldados como él, retenidos en una estampa>>. Sus rostros,
                        el exterior, duerme su timbre hasta la Pascua. Solo los batientes de la iglesia se abren con modestia         burlones, enérgicos, descreídos..., mascullan en sus retorcidos labios el odio y la ira. Conoce bien
                        dando entrada al culto. Los devotos se cuelan entre las umbrías de un templo en semipenumbra,                 ese sentimiento; lo ha vivido muchas veces al final de jornadas bañadas con sangre y muerte.
                        anhelando en su peregrinar constante la devoción predilecta y el calor de un lampadario.                            Los comprende. No se conoce distinto a ellos. Ha visto multitud de veces aquella misma sá-
                             Aquí, la severidad es más recia y el resonar de los gorjeos del jardín no alcanza. Las imá-              tira arrojada sobre algún adversario. Incluso, el brillo de tizón de una armadura, la celada levantada
                        genes esperan, enfundadas bajo los lienzos cárdenos que les cayeron en la víspera de Lázaro. Los              sobre el casco, la banda irisada prendida de la cintura..., todo le es familiar. La arrogancia sobre este
                        bocaportes hace semanas que dejaron de declamar los lastimeros trenos de sus goznes y cuerdas.                débil es idéntica a la de tantos quintos que, en Flandes, vomitan su terror sobre el contrincante.
                        El fasto eclesiástico también espera, como todo lo demás, el reventón estridente de las lozas y el            Incluso, se diría, puede verse allí él mismo.
                        enloquecido tronar de la pólvora.                                                                                   El salmo extiende sus melismas: <<Libera me de sanguinibus…>>. El capellán incensa otra
                             Pero, hasta entonces, solo la quimera de lo que podrá ser es un puro espejismo, sometido a               vez. La cera resbala cayendo sobre la piel cándida de uno de los infantes. Se escucha un gemido.
                        la densa neblina del incienso.                                                                                El niño retiene, a duras penas, el cirio mientras su vibración derrama la luz sobre un tramo de la
                             También el órgano, con su magnífica carcasa de tallas doradas, ha esfumado la solemnidad                 pintura que permanecía oculto. A su luz breve, el mercenario reconoce al sedicioso: sus carnes de
                        de sus tubos ciñéndose al contemplar cartujo del tiempo. En las últimas horas, sin embargo, el                nácar se perfilan sobre un paño ensangrentado de terciopelo; los esbirros le acechan con los zarzos
                                                                                                                                      puntiagudos; y una espina terrible le asaetea el párpado. Tres lágrimas se vierten por sus mejillas...
                        sermón pregonado trae ramos en los cestos de la compra. Los apresurados arreos de las dueñas y
                        los séquitos frugales de las sirvientas detienen sus pasos, de vuelta del mercado, exhibiendo, en el                Una sensación de vértigo le acomete. El reo lo mira fijamente. Están los dos solos. No
                        reposo efímero de los reclinatorios, el plumaje espléndido, blanco y polvoriento, de los palmitos.            consigue sostenerle la mirada. Dominguillo humilla la cabeza, volviéndose en busca del cromático
                             El convento se abre todo, en ese instante preciso, al bullir de la plazuela de San Pedro. El             espectáculo de las armas: <<…tunc imponent super altare tuum vitulos>>, culmina el himno. El
                        tiempo se apresura, entre los paños lóbregos, con la intensidad inminente de lo que está por llegar.          silencio inunda hasta la última cerca.
                             La ciudad se abrevia en el sueño cuando la torre del Concejo marca el toque de Ánimas.                         La comparsa vuelve, poco a poco, a la vida. Forma con sus divisas ante el Señor velado y
                        Pero hoy, justo en ese momento, rompe licencioso el redoble del tambor de la ronda. Es víspera de             dobla solemne el tambor; más pausado ahora, define el avance en derredor, inquiriendo la flama
                                                                                                                                      del Sagrario. La bandera del regimiento se inclina, una vez más, ante las monjas que asisten, como
                        las Palmas y, según tradición de la milicia cívica, la abadesa habrá de recibir las llaves de la locali-      fantasmagóricos bultos retenidos en la oscuridad, a las evoluciones del cortejo. Se repliega la for-
                        dad. Esta noche, las almas deben descansar tranquilas en la certeza que todo mal queda conjurado              mación y vuelven a pasar ante la capilla: el veterano no quiere mirarla.
                        fuera de los muros. Y las reverendas manos de la sierva habrán de  disuadir al diablo para que no
                        aliente en sus inmediaciones.                                                                                        Transcurrirá la noche. Llegará la mañana gozosa, con sus esplendores nuevos de brocados








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