Page 79 - Rosario Corinto 10
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La misma naturaleza es un ejemplo de cambio y de adaptación. Con las estaciones clima-
tológicas cada año se renuevan los ciclos biológicos. Basta observar el cambio de paisajes entre el
otoño y la primavera; entre el verano y el invierno; sin esta transformación peligraría su existencia.

       El mundo de los animales también nos ofrece muestras de renovación; pensemos, por ejem-
plo, en el gusano-mariposa, en el águila de américa o en la serpiente. Su envoltura física tiene que
renovarse si quieren subsistir.

       Tenemos que ir creando la vida en la que queremos vivir y aquellos que tengan actitud de
cambio serán los que mejor se adapten a las nuevas circunstancias.

       Y, desde esta perspectiva, vuelve a nuestra memoria la sabiduría de los antiguos: “panta rei”,
todo corre, se mueve, cambia, fluye. Y el hombre ha de moverse y cambiar con el mundo que le
rodea, manteniendo, siempre, el norte de lo que no es temporal, ni transitorio. El Papa Francisco
suele repetir con frecuencia: “Somos testigos de las profundas y rápidas transformaciones de la
sociedad y de las culturas de nuestro tiempo” (Confer PDV 6), y hay que estar preparados para
asumir el reto que nos plantean.

       Somos parte de una cultura que basa su progreso en el “tener”, en el “aumentar y acumular”.
Y lo importante es “crecer”, a nivel personal y social. Crecer de forma integral, interior y exterior-
mente.

       “Reacción” y “creación” son dos palabras distintas, pero con las mismas letras. Solamente se
distinguen por la colocación de la “c”. El reaccionario al cambio se anquilosa, ve las cosas parcial-
mente, ante todo lo nuevo siempre tiene una reacción negativa; el creacionista avanza, se mueve,
crea, en todo ve siempre algo positivo. El ser creativos nos exige creer en la vida, en la cultura y
en el progreso humano. También en creer en nuestras posibilidades de adaptación. Para renovar
hábitos se necesitan, al menos, tres semanas practicando la nueva conducta. Para “renovarse” hay
que aprender haciendo, dice un refrán alemán: “Der übung macht den master”, “el ejercicio hace al
maestro”. Para “renovarse” hay que aprender, y aprender se consigue haciendo. Confucio decía: lo
que veo lo recuerdo, pero lo que hago lo entiendo. Con frecuencia, en nuestra vida leemos, oímos,
vemos; y, al poco tiempo apenas si recordamos algo. Es necesario practicarlo, repasarlo, ponerlo en
práctica. Suele decirse que solamente retenemos un 10 % de lo que recibimos; pero si hacemos que
enseñen lo que se ha recibido, el tanto % aumenta considerablemente, ya que como consecuencia
se atiende más, se apunta mejor, se ordena y se retiene con más facilidad. Haciendo, se propicia la
renovación. Aprender haciendo, es la pedagogía de la eficacia y del estímulo. “A vino nuevo, odres
nuevos” (Lc. 5,33).

       Parece ser que fue D. Miguel de Unamuno el que dijo que “el progreso consiste en renovarse”,
y de ahí vino la frase: “Renovarse o morir”. Cada edad, cada estado de vida o profesión nos exige
un determinado aprendizaje: la niñez, la adolescencia, la juventud, el noviazgo, el matrimonio,
el hogar, los hijos o los nietos, nos exigen un propio y particular aprendizaje; y cada paso lleva
consigo un proceso de renovación. Ya hemos visto como hay animales que para crecer y renovarse
necesitan desprenderse de su envoltura exterior. La persona, como ser racional, debe adaptar su
ejercicio mental al progreso de lo que va recibiendo en herencia de generaciones creativas anterio-
res. Lo anterior es el punto de partida para lo siguiente, así lo entiende el científico, el músico, el
deportista, el profesor o el que se prepara para habitar en la luna.

       Características de la “renovación”: formación, imaginación, constancia y mucha ilusión.
       La iglesia, en su dimensión humana y social, hace hincapié en la constante formación de
todos sus miembros, especialmente en los que están llamados a formar parte del servicio desde la
jerarquía. Los últimos Papas han sido muy sensibles a esta necesidad, comenzando por la forma-
ción en los seminarios y prolongada a lo largo de las distintas etapas de su ministerio. Formación
cultural, científica y espiritual. La persona es un compuesto de cuerpo y alma y, su formación, por
tanto, ha de tener en cuenta estas dos dimensiones si se quiere una renovación integral. La forma-
ción es la llamada que parte de la propia personalidad destinada a crear y a renovarse. Lo mismo
podemos decir de la sociedad, siempre con la vista puesta en un futuro mejor.

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