Page 86 - Rosario Corinto 10
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Está bien que cada cual tome conciencia de sus necesidades y trate de solucionarlos. Sin
embargo, al fijarnos un poco, muchas de esas alternativas son también “de efecto rápido”: Cómo
dejar de fumar en 7 días, control rápido del estrés, cómo dormir en 8 pasos, 5 pasos para dejar de
pensar demasiado…en fin.
Necesitamos redescubrir la virtud de la paciencia. O, quizá, lo que necesitemos es comenzar
a aplicarla es nuestras vidas. La paciencia tiene mala prensa, está considerada como simple espera
pasiva. Pero no es así. La paciencia es poliédrica. Veamos:
Para el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española en sus tres primeras acep-
ciones:
Paciencia (Del latín patientia)
1. f. Capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse.
2. f. Capacidad para hacer cosas pesadas o minuciosas.
3. f. Facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho.
Para la gente creativa, como el músico Ray A. Davies: “La paciencia no es la espera pasiva,
es la aceptación activa del proceso necesario para obtener tus metas y sueños”.
Para los filósofos como Soren Kierkegaard: “La paciencia es necesaria, y no se puede cose-
char de inmediato donde se ha sembrado”
Para los santos, como San Francisco de Asís: “Mi querido hijo, sé paciente, porque las de-
bilidades del cuerpo nos son dadas por Dios para la salvación del alma. Así que no de gran mérito
cuando se aguantan con paciencia”
Y, en fin, para los poetas como Ralph Waldo Emerson: “Adopta el paso de la naturaleza: su
secreto es la paciencia”
Para nosotros, los cristianos, la paciencia sólo tiene un modelo: Nuestro Señor Jesucristo. Él
nos dijo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón;
y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11,29).
En la Iglesia de Santa Catalina de Alejandría tenemos una representación maravillosa de
cómo vivió Cristo la virtud de la paciencia y cómo podemos tratar de imitarle. Se trata del Santí-
simo Cristo de la Paciencia, obra de Nicolás Salzillo.
Imagen de gran devoción en la ciudad desde el siglo XVIII, sigue como modelo iconográ-
fico aquel que popularizó Alberto Durero en 1510 con su Cristo Pensieroso: sentado sobre una
roca y desnudo y con las manos o bien atadas, o bien sosteniendo la cabeza en un gesto de pro-
fundo agotamiento. Este modelo también podemos encontrarlo en las imágenes que procesionan
en Sevilla, Málaga, Cádiz, La Laguna y Alicante
entre otras.
Pensemos un momento en la escena. Je-
sús ha llegado al Gólgota. Ha sido despojado de
todo. Lo0s sayones le atan las manos y le colo-
can una caña entre ellas en un gesto que lo único
que busca es la mayor humillación del reo. Jesús
no abre la boca más que para coger un poco de
aire. Sabe que el momento supremo se acerca y
lo acepta. Va a salvarnos a todos en la Cruz. Por
eso, esa última mirada de dolor y dignidad, de
paciencia.
Entonces recordamos lo que le ha dicho
unas horas antes a Simón Pedro: “Lo que yo hago,
tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tar-
de” (Juan 13,7).
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