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Ecos de mantillas
José Alberto Fernández Sánchez
A Ester
Ningún tipo femenino tan característico de la Semana Santa española como la mujer
de mantilla. Tanto que ni siquiera los artistas han podido evitar la seducción de su
forma para reinterpretarla mil y una vez. Desde los ecos vanguardistas de Picasso a
las líneas castizas de los barros de nuestro Garrigós, su abrumadora desenvoltura forma parte del
paisaje común de nuestras ciudades en los días sagrados. Hasta los pintores extranjeros, con Ma-
net a la cabeza, tampoco pudieron huir a su seducción y embrujo llevando sus delirios esteticistas
hasta la culminación soberbia de Baudelaire en sus Flores del mal. En su fondo semántico -cual
efervescente talismán- su suntuosidad elegante y pragmática se opone a la opulencia pagana de las
odaliscas románticas y sus inmorales carnalidades.
Ciertamente, la propia prenda de encaje, celosía tras la que se trasluce la voluptuosa silueta
de la mujer -a modo de singular clausura monástica- ya encarna una declaración de principios.
Auténtico manto ceremonial heredero de los opulentos tocados de las damas ibéricas; trasunto ce-
remonial de la belleza consagrada durante los días centrales de la gran celebración votiva: la entrega
en el Calvario del propio Dios. Así, el foscor característico de sus teñidos vapores contrasta, a las
mil maravillas, con la grana viva de la sangre -sublimada simbólicamente por medio del clavel- o
con la pureza nívea de la carne que asoma, como guarnecida paloma, desde los brazos -en las man-
gas- o sobre la esplendidez altiva del escote.
Su inserción en la fiesta es fundamental y encuentra su culmen en la tarde de Jueves Santo
donde -de mano de los sagrarios- se convierte en contrapunto sensorial de la grave liturgia de las
reservas eucarísticas. El interior de los templos es, pues, el escenario medianero de su prestancia
realizando, con solvencia virginal y etérea presura, las siete estaciones de rigor que marcan los cáno-
nes. Por ello, la propia gasa, ensoñación lírica del deseo masculino (cual contemporánea estampa
de una Paz Vega, por ejemplo) es un trasunto del perfumado incienso que, vertido en las naves de
las catedrales, dibuja la atmósfera ceremonial por antonomasia. Cendal que viste, como velo, las
“augusteces” salomónicas del sagrario.
Más tarde -mucho más tarde- afloraron en las procesiones retomando inapropiadamente
su uso para engrosar filas yermas de penitencia. En este último resquicio, ciudades como Granada
han conseguido revertir la falta de nazarenos convirtiendo la antesala de sus palios en auténtico
preámbulo sensitivo mediante la presencia -tantas veces fascinante- de la mujer ataviada bajo su
forjado. Secuela triste de las tradiciones que se van desvaneciendo mientras se desdibujan en planos
poliédricos de cada vez más compleja y difícil -de puro simple- lectura.
Murcia, por su parte, guardaba con rigor pobre el rito de la visita a los monumentos en la
tarde sacramental por excelencia. Los complejos de los últimos tiempos han clausurado el paseo
ceremonial -tantas veces festivo, como en Jumilla- enalteciendo su uso como emblema de singular
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