Page 121 - Rosario Corinto 11
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osadía u ostentación mal comprendida. La mantilla, es decir, puede servir en nuestra ciudad para
contrariar -en radical acto de rebelde esplendidez- a la masa que se apretuja anodinamente en las
calles en las horas previas al gran silencio.
Pero no debe ello ocultar la que fue gloria propia de sus laminadas tersuras en esta patria
oriental y morisca. Aquel otro canto perdido, sí, aquella otra jornada reservada que la urbe guar-
daba celosa para sí; para que sus mujeres vistiesen –solamente ellas- estas galas olorosas de fiesta.
El Viernes de Dolores, antaño día principal e íntimo -hoy sólo Cuaresma procesional- quedaba
enaltecido con el concurso a las múltiples novenas de la mujer y sus galas. Martínez Tornel o Jara
Carrillo le compusieron himnos -como monumentos- a la racial murciana calada de cendales
que, al parecer, debía lucir sus tallos primaverales en exuberantes jardines cuajados dentro de los
templos. Nada más propio, puede pensarse, para enjugar las lágrimas afligidas de la Dolorosa en
el paño suntuoso que -como madres o solteras- componían para su servicio por mejor confortarla
ante el suplicio del Hijo.
La sutileza vestal, pese a todo, es todo memento. Habrá que conformarse con intuir la gasa
-aquel vestuario privativo cual reliquia- en fotografías vestidas de sepia o en galerías de algunos
museos. Sólo Sevilla o Jumilla parecen haber entendido en su esencia a la mujer. Ellas pugnan
desde el clímax de la juventud por preservar la feminísima costumbre; por legar, como matriarcas
romanas que son, el secreto ritual de disponerlas en sus cabezas; de plisar los finísimos pliegues
sobre el bien recogido peinado; de pintar, como aquel Romero de Torres o el más afamado mala-
gueño, las sutiles veladuras de esa bandera patria y trasparente que es la mantilla sobre el más bello
fruto de la Primavera que es la mujer.
Allí sigue siendo la visita a los monumentos -como en los pasodobles jumillanos de Julián
Santos- el corazón que late para vestir el mantón ceremonial: auténtico sacerdocio femenino des-
tinado a adorar, en el altar más copioso, a la más alta de las divinidades.
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