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Tempus Fugit
(Memoria de una saga funeraria)
José Emilio Rubio Román
Mayordomo de Honor
Cualquier paseante medianamente observador que se abra paso entre las terrazas que
ocupan la plaza de las Flores habrá observado que el edificio que albergó en tiempos
la Funeraria de Jesús, peligrosamente deteriorado por los muchos años de abandono,
tiene todo el aspecto de estar próximo a sucumbir bajo la piqueta.
Que a nadie engañen los mármoles y aluminios que en algún momento revistieron el viejo
inmueble de forzada modernidad. Debajo de ese cascarón se advierten los vestigios de una casa,
quizás del primer tercio del siglo XX, que contó con un bonito mirador en la primera de sus tres
plantas, aniquilado por la reforma antedicha.
Y de esa observación de la Murcia que se nos va se deriva la evocación de la antigua fune-
raria, situada durante décadas en la vecindad de los puestos de flores que por los últimos días de
octubre aparecen puntualmente en la plaza del mismo nombre y en la de Santa Catalina, y de los
de arrope y calabazate de la vecina de San Pedro.
Fue, precisamente, en Santa Catalina donde nació la Funeraria de Jesús Albarracín, en su
rincón noroccidental. Y según afirma la propia empresa, sucedió este hecho en 1870, nada menos,
por lo que hace cuatro años celebraron su 150 aniversario, que no es cosa de la que puedan presu-
mir demasiados negocios.
Lo cierto es que noticias sobre la cuestión funeraria en Murcia surgen dos años más tarde, y
en la plaza reseñada, pero el propietario al que se alude es José Bernal, cuya iniciativa produjo, por
cierto, cierto revuelo entre los carpinteros, por ser este gremio, hasta entonces, el encargado de la
fabricación y comercialización de ataúdes.
A partir de esos momentos comienzan a aparecer diversas entidades dedicadas a este ramo,
y la de Jesús empieza a sonar en la prensa, con ese nombre al menos, desde 1881. Todavía en 1922
se publicitaba en los periódicos como asentada en la plaza de Santa Catalina, y ya por entonces se
proclamaba como la casa más antigua de la ciudad en su género.
El traslado a la plaza de las Flores se produjo poco después, y queda constancia de qué en
el nuevo domicilio de los Albarracín, el que ahora sucumbe arruinado, se entronizó en 1929 una
imagen del Sagrado Corazón. Y allí quedó asentada la funeraria hasta el estreno del Tanatorio,
próximo a Espinardo, a finales del pasado siglo XX.
Juan Jesús Albarracín ya publicitaba su negocio en los años finales del XIX, ofreciendo en
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