Page 35 - Rosario Corinto 11
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El Sermón de las Siete Palabras: “El Monte”
       Todo apunta a que probablemente en 1859 comenzó la representación del Sermón de las
Siete Palabras en el interior del templo parroquial. Este sermón, muy habitual en las celebraciones
del Viernes Santo, se representaba en Aspe con una puesta en escena muy curiosa, en el altar mayor
se colocaba un lienzo de grandes dimensiones con un paisaje montañoso, y bajo el escenario otro
lienzo que simulaba la falda de la montaña, y que le valió a esta representación que fuera conocido
popularmente como “El Monte”. Sobre el escenario la imagen de Cristo Crucificado que era arti-
culado, como hemos comentado anteriormente, la Dolorosa y San Juan, así como las pinturas del
buen y el mal ladrón, completando la escena la representación viviente de las Marías y la Magda-
lena y la centuria romana, popularmente conocido como “colaseros” por las corazas de sus trajes, y
que pudieron surgir con la representación mencionada y pronto pasar a enriquecer las procesiones.
       Comenzaba a las doce del mediodía y se prolongaba hasta las tres de la tarde, lo que también
le valió el apelativo de “sermón de las tres horas”. En su transcurso, los predicadores reflexionaban
sobre las siete palabras de Cristo en la cruz, acompañada cada una de las piezas musicales y vocales
procedentes de Latinoamérica y que llegaron a Aspe de la mano del músico Higinio Marín.
       Las Marías: la tradición que da vida a la Semana Santa aspense
       Se cree que, debido a la escasez de medios en aquellos años en los que las imágenes religio-
sas comenzaban a salir a la calle como una catequesis teatralizada orientada al pueblo, en Aspe se
supliría esa falta incorporando de forma viviente a santa María Salomé y santa María de Cleofás
(conocidas popularmente como “Las Marías”); y de santa María Magdalena. Al participar en la
representación del Sermón de las Siete Palabras, iniciándose en Aspe hacia 1859, se cree que en esta
fecha ya existiría esta representación.
       La participación de las Marías y la Magdalena en las procesiones comienza en la mañana
del Viernes Santo, en la ceremonia del encuentro y posterior procesión, en las que las Marías
acompañan a la Dolorosa, mientras la Magdalena hace lo propio con el Nazareno. Al medio día
se representaba en el interior del templo de Nuestra Señora del Socorro el Sermón de las Siete Pa-
labras hasta 1955, perdiendo la tradición desde entonces hasta su progresiva recuperación a partir
de 2005, aunque fuera de los días santos. Finaliza la intensa jornada al anochecer con la procesión
del Santo Entierro, con la Magdalena acompañando al Santo Sepulcro y las Marías a la Soledad.
       En la mañana Sábado Santo, desde 2021, se viene realizando el acto de Sepultura del Señor
que se realiza en el interior del templo parroquial y en que las Marías cobran gran protagonismo al
realizar un acto parejo al de embalsamar el cuerpo yacente de Cristo. El Domingo de Resurrección
regresan a las calles de Aspe para celebrar la “Mañanica de Pascua” con la procesión, las Marías
con la Santísima Virgen y la Magdalena con el Santísimo Sacramento; y las Cortesías en la Plaza
Mayor.
       Si algo simboliza realmente esta tradición son sus características iconográficas, que cuentan
con una finalidad pedagógica y catequizante, es por lo que “Las Marías” portan atributos en sus
manos durante las procesiones. En la mañana del Viernes Santo la Magdalena lleva una jarra que
simboliza los ungüentos que llevó para embalsamar el cuerpo sin vida de Cristo. En esa misma
procesión, las Marías portan velas como tradicional ofrenda religiosa que simboliza el amor que
da luz y calor. En la procesión del Santo Entierro, la Magdalena porta un crucifijo en sus manos
que simboliza su abrazo al cuerpo sin vida del Maestro. Paralelamente, las Marías acompañan a la
Soledad con los despojos de la crucifixión: los clavos y la corona de espinas. Ya en la “Mañanica de
Pascua” las tres jóvenes van echando flores durante el recorrido de la procesión, tratándose de una
ofrenda como signo de adoración a la recién ratificada divinidad.
       Pero no menos importante es la vestimenta, compuesta, en el caso de la Magdalena de
túnica verde oscuro con motivos ornamentales en dorado, sobre la que se coloca una pechera de
encaje blanco, además de fajín y manguitos del mismo color que la túnica. Lo cubre un manto de
color rosa palo con detalles ornamentales y se complementa con sandalias también en color verde,
dejando el pelo al descubierto. En el caso de las Marías, los trajes son exactamente iguales entre sí,

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