Page 100 - Rosario Corinto 12
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mayor de las angustias, es el refugio seguro de quienes atraviesan pruebas y el consuelo de quienes
           lloran.

                   Es muy probable que, poco después de que Jesús fuera prendido en el huerto de los Oli-
           vos, algún discípulo (quizá san Juan) corriera a comunicar a María lo ocurrido. La Virgen saldría
           entonces, presa de angustia, pero sostenida por la fe, en busca de más información, hasta llegar al
           pretorio donde su Hijo fue presentado ante el pueblo por Pilato. “¿Queréis que os suelte al rey de
           los judíos?”, clamó el gobernador romano a la multitud enfurecida (Jn 18,39). ¡Qué desgarrador
           tormento para María al escuchar cómo el pueblo, que días antes aclamaba a su Hijo como Rey,
           ahora prefería la liberación de un criminal antes que la del Inocente! Qué lacerante herida para
           la Madre ver la ingratitud humana, sentir la traición de aquellos a quienes su Hijo había sanado,
           alimentado y amado sin medida.

                   María tras los pasos de Jesús
                   Cuando formaron el cortejo que conduciría a Jesús al Gólgota, María no se apartó de su
           Hijo. Así como su corazón latía al compás del suyo en Nazaret, ahora sus pasos siguen los suyos en
           el sendero del sacrificio. ¿No es esto lo que contemplamos cada año en nuestras procesiones? María
           forma parte de la comitiva, camina tras los pasos de Cristo y, a la vez, nos exhorta a hacer lo mismo.
                   Los Evangelios no narran el encuentro de la Virgen con su Hijo en el camino del Calvario,
           pero la tradición nos dice que así fue. El cruce de miradas entre Madre e Hijo debió ser un instante
           suspendido en el tiempo, un océano de dolor y amor en el que todo se decía sin palabras. ¿Acaso no
           recordaría María, en ese momento, las palabras de Simeón: “Y a ti misma una espada te traspasará
           el alma” (Lc 2,35)? María acepta el designio divino, se abandona en la voluntad del Padre, y nos
           enseña así la más sublime lección de confianza y fidelidad.
                   María es testigo del martirio de su Hijo. Ve cómo el madero le aplasta los hombros, cómo
           sus rodillas se doblan bajo el peso, cómo su rostro es humillado en el polvo del camino. ¿Cómo
           soportar tanto dolor sin desfallecer? Solo la fuerza del amor hace posible semejante entrega.
                   Al pie de la Cruz estaba…
                   Cuando llegaron al Gólgota, junto a María estaban san Juan y algunas mujeres que habían
           seguido a Jesús desde Galilea. Y allí, en la cumbre del suplicio, María no huye. No se esconde.
           No se doblega. Permanece firme al pie de la Cruz, tal como describe el conmovedor himno Stabat
           Mater.
                   Acompañando al Crucificado, vemos a la Virgen, que no contempla impasible el sufrimien-
           to de su Hijo, sino que se une a él en una comunión perfecta de dolor y redención. Sus lágrimas
           riegan los pies ensangrentados del Salvador, y en su corazón resuena el eco de la voz de su Hijo:
           “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19,26). En ese instante supremo, María se convierte en Madre de
           todos los hombres. La que dio a luz en Belén, ahora nos engendra en la cruz. La que sostuvo en sus
           brazos al Niño Dios, ahora acoge en su seno a toda la humanidad redimida.
                   Quien eleva su mirada a María al pie de la Cruz descubre en ella el modelo supremo de la
           fe. Su corazón destrozado no reniega, su alma transida de dolor no se rebela. María es la lámpara
           encendida en la más densa tiniebla, la estrella que nos guía cuando todo parece perdido. Quien
           desee aprender a amar a Cristo debe mirar a María en la Cruz. En ella no hay miedo ni duda, sino
           la certeza de que incluso el sufrimiento más desgarrador está dentro del plan de Dios. Cada uno
           de nosotros tiene una cruz en la vida; aprender a cargarla con fe, sin desesperar, es la gran lección
           que María nos ofrece desde el Calvario.
                   La soledad de María ante el sepulcro
                   Tras la muerte de Jesús, María permaneció al pie de la Cruz hasta que recibió en su regazo
           el cuerpo inerte de su Hijo. El Hijo de Dios, el Verbo Eterno, yace ahora sin vida en los brazos de
           su Madre. El calor de su sangre se enfría, su piel se torna pálida, sus ojos se han cerrado. Y María,
           en un gesto que trasciende el tiempo, estrecha contra su pecho la carne sagrada que dio a luz, con
           la impotencia infinita de una madre que ha visto morir a su hijo.

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