Page 99 - Rosario Corinto 12
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A los Pies de la Cruz:
La Semana Santa contemplada
con los ojos de María
Samuel Nortes Pérez
Cada Semana Santa rememoramos con reverencia y gratitud la Pasión, Muerte y Re-
surrección de Cristo. En nuestras calles, el sagrado desfile de las procesiones nos
muestra, a través de imágenes talladas con fe y devoción, el insondable misterio de
nuestra redención. Año tras año asistimos a estos cortejos penitenciales, pero corremos el riesgo de
caer en la rutina de ser meros espectadores de una tradición, en lugar de sumergirnos en el abismo
espiritual de su significado profundo. Por ello, es imperativo volver nuestra mirada hacia los pasos
y contemplar, con renovado fervor, este Evangelio esculpido en madera.
Cada procesión es más que un acto devocional; es una llamada a revivir en nuestro corazón
la entrega de Cristo. No se trata únicamente de ver imágenes hermosas o pasos primorosamente
adornados, sino de dejarnos conmover, de sentir que cada golpe de tambor es el eco de los latidos
de Jesús en Getsemaní, que cada marcha procesional es un susurro de su agonía en el camino del
Calvario, que cada vela encendida es una oración por nuestra propia conversión. Si cada cristiano
que asiste a las procesiones viviera esta experiencia desde lo más profundo de su alma, la Semana
Santa no sería solo un recuerdo, sino una renovación interior, un auténtico encuentro con el Re-
dentor.
Con este artículo deseo invitar al lector a trascender la mirada superficial y adentrarse en el
drama divino de la Pasión; a no asistir a las procesiones como quien observa un espectáculo, sino
como un alma que se reconoce partícipe del sacrificio de Cristo. Que no se limite a admirar la
belleza de las imágenes, sino que contemple, en cada escena, el eco eterno de la Redención y la voz
silenciosa de Dios que le interpela.
¿Podemos vivir la Semana Santa con María?
Murcia nos ofrece con su Semana Santa una sublime oportunidad para contemplar y medi-
tar, a través de los ojos de la Madre de Dios, la Pasión de Cristo. Podemos ponernos en la piel de
aquella Mujer fuerte, que en silencio y humildad siguió a su Hijo por el amargo sendero de la Cruz
hasta el Calvario, el sepulcro y la mañana gloriosa de la Resurrección. Acompañar a María en este
itinerario es caminar con el alma desnuda, con el corazón dispuesto a sufrir con ella, a amar con
ella, a esperar con ella. Es aprender que la fe no es solo luz, sino también sombra; que el amor no
es solo júbilo, sino también entrega.
Acompañar a María en este itinerario es caminar con el alma desnuda, con el corazón dis-
puesto a sufrir con ella, a amar con ella, a esperar con ella. Es aprender que la fe no es solo luz, sino
también sombra; que el amor no es solo júbilo, sino también entrega. En un mundo que teme al
sufrimiento y huye de la cruz, María nos enseña a abrazarla con fortaleza, a no apartar la mirada
cuando el dolor nos visita, a confiar en Dios incluso cuando todo parece oscuro. Ella, que vivió la
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