Page 101 - Rosario Corinto 12
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En la soledad de la noche, cuando la losa del sepulcro se cerró, María sintió el peso inso-
portable del abandono. Pero en esa misma soledad, su fe no vaciló. Su esperanza no se apagó. La
Madre Dolorosa esperó en silencio el alba de la Resurrección.
El encuentro de la Resurrección
La Semana Santa no concluye en el sepulcro. Tres días después, ¡JESÚS HA RESUCITA-
DO! La muerte ha sido vencida, el pecado derrotado, el amor ha triunfado. Y si hemos caminado
con María en la Pasión, debemos hacerlo también en la Gloria.
Los Evangelios guardan silencio sobre si María fue la primera en conocer la Resurrección.
Pero, ¿cómo imaginar que el Hijo glorioso no acudiría a su Madre, la que le había acompañado
hasta el final? Yo quiero imaginar ese instante como el amanecer más luminoso, el abrazo más es-
perado, el gozo más profundo. Un encuentro en el que María contempla, con lágrimas de júbilo,
que su Hijo vive, que la promesa se ha cumplido, que la Redención ha sido consumada.
En la luz de la Pascua, María se convierte en la primera testigo de la victoria de Cristo. Ella,
que ha conocido la oscuridad absoluta, es ahora testigo del día sin ocaso. Si la Virgen nos ha ense-
ñado a permanecer firmes en la cruz, ahora nos enseña a regocijarnos con el Resucitado, a vivir con
la certeza de que el dolor nunca tiene la última palabra, de que Dios cumple siempre su promesa.
Querido lector, una vez más te invito a cambiar tu mirada, a no ser un simple espectador
de la Semana Santa. Permite que María te tome de la mano y te conduzca por este camino. Mira
en sus ojos el reflejo del sacrificio y de la esperanza. Contempla en su dolor el amor más puro. Y
cuando llegue la Pascua, canta con ella el aleluya de la victoria, porque Cristo ha resucitado y con
Él, la vida ha vencido a la muerte.
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