Page 132 - Rosario Corinto 12
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“¿Quo Vadis?”
                                                                    ¿A dónde vas?
                                                                                Afrodísio Hernández Casero
                                                                                           Sacerdote Operario

    Allá, entre los años 37 y 68 de la era cristiana, transcurre la vida de un Emperador ro-
                           mano llamado Nerón. Famoso tanto por sus crueldades como por sus rarezas. Una
                           de sus excentricidades fue prender fuego a una buena parte de Roma y, al calor el
           fuego, sentirse músico y poeta. Poeta sin musa y sin verso y cantante de estridencias. A la historia
           ha pasado por ser un tarado mental. Por esa misma época habían llegado a Roma unos judíos
           llamados Pedro y Pablo. Predicaban una nueva religión y contaban con bastantes seguidores. No
           eran bien vistos en las altas esferas imperiales y a ellos les culpó Nerón de haber prendido fuego a la
           ciudad. La consecuencia fue una terrible persecución de los llamados cristianos. El tal Pedro, veni-
           do de Israel, era el Jefe supremo de esta comunidad de “hermanos”. Ante el peligro de una muerte
           segura e inminente decide huir. Saliendo por la Vía Apia se encuentra con Jesús, el Maestro de
           Nazaret y de quien había recibido la potestad suprema. Pedro le pregunta: “Quo vadis?”, ¿”Dónde
           vas, Señor”? A la respuesta de Jesús, también llamado Cristo, Pedro decide volver sobre sus pasos y
           regresar a su comunidad, donde encontrará la muerte crucificado boca abajo.
                   ¿Qué les parece si en esta próxima Semana Santa nos encontráramos con un “Paso” que
           tuviese como lema “Quo vadis?” y representase el encuentro de Jesús con Pedro? Más aún, ¿Y si
           una voz procedente desde el interior del “Paso” se dirigiese al público expectante, con miedo, y en
           “salida” por falto de fe y de esperanza y le preguntase: “Quo vadis?”. “¿Dónde vas?”, ¿Qué buscas
           que yo te pueda dar? Y le dijera: no huyas buscando refugio en tus seguridades humanas. Vuelve
           sobre tus pasos y enfréntate a la realidad. ¡Pedro!, un pueblo que olvida sus tradiciones, ya no es
           pueblo, ha perdido la identidad que les une. Lo mismo que cuando un árbol se queda sin raíces,
           siempre estará a merced del viento. La reunión de personas hace el grupo y los grupos unidos
           forman la sociedad. Hay que participar en el debate y “competir”. Un grupo que no compite está
           vacío por dentro. Flota en el ambiente como la cáscara de la fruta en el agua. Para competir es ne-
           cesario organizarse, como este grupo de cofrades que me está haciendo presente en calles y plazas.
           Organización, jerarquía y variedad de funciones. Y una fe a prueba de persecuciones.
                   La voz que salía de las entrañas del “Paso” no era la de Pedro, sino la del mismo Cristo. Al
           toque de una campanilla la comitiva se paró guardando unos momentos de silencio meditativo. La
           figura de Cristo aprovechó para pasar a los hombros de Pedro la cruz que hasta ahora había llevado
           sobre los suyos. Al pescador de Galilea le tocaba asumir el relevo. Sabía mucho de barcas y peces;
           ahora tenía que aprender a manejar la cruz. La ciudad en llamas y temporal estaba comenzando
           una nueva andadura. Desde ahora será la Ciudad Eterna y de la luz. Un Cristo resplandeciente,
           iluminado por el sol del atardecer, miró con cariño a los “hermanos” que transportaban su carroza.
           Movía los labios, algo quería decirles. “Vivir es convivir, convivir en la variedad conservando la
           unidad. Estamos comenzando una andadura, y en esta andadura no hay religión sin espiritualidad.

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