Page 155 - Rosario Corinto 12
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usanza de los nazarenos murcianos. Llegado el día, Sábado de Pasión, tocaba volver a realizar el ri-
tual, la verdad son cosas que no se olvidan, que permanecen en tu memoria por “semper”. Un bre-
ve repaso a la indumentaria, todo correcto y en su sitio, incluso los nervios que afloraron pensando
una vez más en la responsabilidad de estar a la altura de tan magníficos estantes y cabos de andas.
Llegado al punto de encuentro, otro regalo, mi encuentro con mi ahijado, estante de ese
trono y con mi ahijada que salía en la procesión, la verdad no podía pedir más. Saludos y ánimos
fueron relajando mis nervios, estaba preparado, apoderándose de mi un sentimiento que en ese
momento era difícil de explicar, pero que inundaba todo mi ser, sintiéndome un nazareno corinto
en la efímera tarde del Sábado de Pasión, sentimiento ilusionante y que recordaré tanto en mi
memoria como en mi alma de nazareno.
Durante la carrera, sientes la solidaridad y compañerismo de todos aquellos que te rodean,
tus compañeros de trono, pues gracias a ellos pude comprobar, disfrutar como se lleva un trono en
nuestra Semana Santa Murciana, aquello que envidiaba durante tantos años, ahora era participe
directo de ello y me inundaba la alegría, mi corazón latía con más fuerza y todos mis sentidos
estaban dirigidos a hacer las cosas como se tenían que hacer, con nazarenía, con sentimiento, con
esfuerzo, con compañerismo y solidaridad.
Una tarde corta, mejor dicho, un día corto, pues se me pasó demasiado rápido, pero no por
ello dejé de disfrutar cada minuto y cada hora, palpándose en ese tiempo la generosidad, solidari-
dad, humanidad, altruismo, desprendimiento de todos y cada uno de mis compañeros de trono,
tanto estantes como cabos de andas.
Sí Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo (cf Jn 13, 34), amándonos “hasta el fin”
(Jn 13, 1), manifestándonos el amor del Padre que ha recibido. Ese Cristo de la Caridad, muerto
en el madero por amor a nosotros cuando éramos todavía “enemigos” (Rm 5, 10), nos pide que
amemos como Él hasta a nuestros enemigos, que nos hagamos prójimos del más lejano. Así, el
apóstol Pablo ofrece una descripción incomparable de la caridad: «La caridad es paciente, es ser-
vicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés;
no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo
excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Co 13, 4-7). Si no tengo caridad —dice
también el apóstol— “nada soy...”. Y todo lo que es privilegio, servicio, virtud misma... si no tengo
caridad, “nada me aprovecha” (1 Co 13, 1-4).»
Este grupo de estantes lo sabe muy bien, pues intenta conducir sus pasos, no solo durante
la procesión, sino más allá, llevando el espíritu de caridad al prójimo, no buscando el incentivo de
la recompensa, ni jactándose de aquello de lo que llevan a cabo, pues sus actos los mantienen en
la intimidad del grupo, por todo ello mis felicitaciones por ser ese gran grupo humano, más allá
de ser un grupo de nazarenos que llevan sobre sus hombros a Cristo, bajo la advocación santísima
de la CARIDAD.
Si la culminación de todas nuestras obras es el amor, ese es el fin, para conseguirlo, ellos
corren; hacia Él corren y una vez llegan, en Él reposan. Así son, así los he sentido y así he convivido
ese día con ellos y me enorgullece enormemente haber aceptado la invitación de procesionar con
ese grupo de buenos nazarenos y mejores personas. GRACIAS A TODOS, tanto estantes como
cabos de andas, pidiendo vuestra benevolencia por no nombrar vuestros nombres, tal vez por te-
mor a dejarme sin nombrar a alguno de vosotros.
Y llegó el año, una invitación en forma de dádiva de caridad. CARITAS DONUM.
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