Page 160 - Rosario Corinto 12
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Cuando cae la noche

                                                                                         Jaime García Alcázar
                                                                                                       Periodista

                                                        Celador de la Hermandad de Cristo de la Caridad

    Es noche cerrada en la plaza de Santa Catalina. En el oscuro terciopelo que cubre el
                          cielo se bordan los espejuelos que conforman las estrellas. Entre sus cristales se cuela el
                          haz de la luz de luna que, en la plaza, dibuja una iluminación tenue. La primavera está
           en pleno apogeo. El calor de la mañana ha dado paso a una noche fría. Las hojas de las jacarandas
           se mecen suavemente al compás de la brisa dejando a su paso una fina lluvia de hojuelas verdes
           que riegan el suelo de la plaza. Del último de los naranjos que continúan en pie emana un ligero
           aroma a azahar. Un efluvio que, tan codiciado como efímero, va desvaneciéndose con cada uno de
           los pétalos caídos al suelo.
                   Las idas y venidas son constantes. Los pasos de los transeúntes se descubren acelerados. Hay
           cierta algarabía en Santa Catalina. El murmullo de las conversaciones inacabadas, se entremezclan
           con el cantar de los últimos vencejos que se resisten a caer rendidos en sueños. Parece una noche
           de fiesta, de celebración. Hay música en la plaza y, hay también aplausos, niños y caramelos. En
           las caras de la gente la luz de la luna se refleja dibujando tímidas sonrisas que se vuelven asombro
           por momentos. Hace unas horas todo era quietud y ahora, todo es revuelo. Hasta las farolas se han
           querido vestir de gala y alzan al vuelo unos gallardetes que se bandean de un lado a otro con total
           libertad.
                   Es sábado, pero no es un sábado cualquiera y eso se descubre rápidamente en los murmullos
           de la gente. Las conversaciones abandonan los temas recurrentes y ahora versan sobre historias de
           conocidos que hace tiempo que no se ven, de primaveras que se desvanecieron hace años y de he-
           chos que ocurrieron hace milenios. Por delante de los ojos del público congregado en la plazoleta
           discurre un trasunto teatral en movimiento, en el que la madera da vida a un guion trazado con
           sangre hace tanto tiempo que se pierde en la lejanía. Pero no es algo inerte, sin vida. Es un guion
           vivo, que siente, que crece, que padece, que se dilata y se contrae en cada primavera.
                   Los actores, que visten largos ropajes de color corinto, atraviesan la plaza a un ritmo ca-
           dencioso, como si la suavidad del movimiento de las hojas marcaran, el avance de sus pasos. La
           gente se funde con los actores y ellos con la noche. Todo forma una unidad. Todo es perfecto, tan
           perfecto que el tiempo parece detenerse en cada golpe de estante. Esta es la noche en la que se
           cumplen los sueños. La noche en la que florece el huerto de Santa Catalina. Es aquí donde todo
           se hace realidad; aquí, en este lugar y en este momento. Benditos aquellos que crucen la puerta de
           entrada al huerto, y benditos aquellos que permanezcan bajo su manto de estrellas.
                   Se alza la luna y la noche se hace más grave. El acto de la pasión se desarrolla entre oraciones,
           palmas de olivo, golpes de flagelo y pecados coronados por la rabia de la sinrazón. El público se
           estremece cuando ve pasar ante sí el peso de la Cruz. Tanto duele esa escena que casi se despojan
           de toda pertenencia para tratar de reconfortar a quien carga con el peso de los agravios. Pero la

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