Page 161 - Rosario Corinto 12
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obra va llegando a su fin y los sones de la banda sonora enmudecen cuando el protagonista hace
su entrada en escena.
Ahora todo es silencio. Cesa la lluvia de hojuelas de las jacarandas; se detiene el goteo de
flores de azahar y, los vencejos enmudecen ante el encuentro que ha de protagonizar el personaje
principal de esta historia con su madre. Al silencio le sucede un tímido canto que se verbaliza desde
las entrañas. Un sonido casi desgarrador, tan profundo como verdadero, que emula las lágrimas de
esa mujer que se mantiene de pie, estoica, en el centro de la escena mientras contempla a su hijo
muerto.
Con la despedida de la madre todos los ojos se dirigen al protagonista. Avanza lento, muy
lento, casi flotando. Todo el peso de la obra recae en él. Todo tiene sentido por él. Su pesado gra-
vitar le sitúa en el centro de la plaza. La historia se ha cumplido. A este guion apenas le restan un
par de líneas y, mientras terminan de escribirse, la tramoya se prepara para dejar caer el telón. El
público se despide lentamente de esta historia con sabor a primavera. Mires donde mires los labios
de la gente musitan una tierna despedida. Las lágrimas acompañan a esas palabras que se escapan
entre dientes y entretejen al manto nocturno un adiós que se convertirá en saludo cuando los na-
ranjos se tornen flor.
Cuando cae el telón el teatro improvisado en que se había erigido la plaza de Santa Catalina
se vacía de público. Atrás quedaron las conversaciones, los pasos acelerados, la algarabía y la pena.
De esta obra se despide también la luna, llevándose consigo los anhelos que los actores han exhala-
do con su adiós. Pasa la noche y llega el día y, con el triunfo de la luz sobre la tiniebla se establece
el convencimiento de que todo ha valido la pena. Las estrellas de luz de plata se deshacen en unos
rayos dorados que anuncian la obra que está por venir.
Pasará la primavera y, con ella, llegará el verano que dará lugar al otoño y de él surgirá el
invierno. Y así, la rueda del tiempo seguirá girando hasta que el frío se torne cálido nuevamente y
broten las hojas de las yermas ramas. Pasará el tiempo al igual que pasará la vida. Y cuando todo se
vuelva azahar y la prisa vuelva a marcar el compás acelerado de los pasos, sólo quedará una verdad
inmutable, un principio que se mantendrá sobre todo tiempo y todo lugar: la caridad nunca pasa.
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