Page 20 - Rosario Corinto 12
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JESÚS FRANCISCO PACHECO MÉNDEZ
Teniente de Alcalde y Concejal de Turismo, Comercio y Consumo del Excmo. Ayuntamiento de Murcia
El Cristo de la Caridad: Tres Miradas en el Sábado de Pasión
El atardecer del Sábado de Pasión tiñe de oro viejo las paredes de la iglesia de Santa Catalina. Como si los últimos rayo
en las cornisas quisieran prolongar su despedida a sabiendas de que van a ser testigos de algo extraordinario. En la plaz
ajusta por última vez el cordón de su túnica. Sus manos tiemblan ligeramente mientras repasa mentalmente las instruc
noche no es una noche cualquiera: es su primera procesión con el Cristo de la Caridad.
La plaza late con un murmullo contenido. Entre la multitud que ya se agolpa frente a las puertas de la iglesia, un abuelo
queño historias de otros Sábados de Pasión, de otros atardeceres como este. El niño, con los ojos muy abiertos, apenas pestañea,
momento en que las puertas se abran de par en par. A pocos metros, este concejal del Ayuntamiento ajusta la medalla que cruza
la representación municipal en este acto solemne. Sus ojos recorren la plaza, y reconocen rostros familiares entre la multitud qu
fielmente a esta cita con la fe y la tradición.
Las notas del himno de España rompen el silencio mientras la imagen del Cristo de la Caridad emerge hasta erguirse enor
trono. El presidente de la cofradía ha seleccionado personalmente cada pieza musical que acompañará al Cristo esta noche, tejien
y devoción que elevará las almas de quienes la escuchen. Los estantes están pendientes, se acerca el cabo de andas, golpea el trono
el tiempo parece detenerse.
Desde su posición privilegiada, la nazarena novel siente que el corazón le va a estallar. Ve cómo la luz del exterior entra con
las aberturas de su capuz. La imagen, sobrecogedora en su serena majestad, parece cobrar vida al pasar ante ella arrastrada por el rí
de fluir. En ese instante, comprende que ser nazareno es mucho más que portar una túnica: es ser guardián de una tradición que t
Entre la multitud, el abuelo aprieta la mano de su nieto cuando el Cristo por fin echa a andar. La plaza contiene la respir
Huerta, precedida por sus damas, aguarda con su cintón y un abanico negro que tiembla en sus manos. Sus trajes de huertanas,
tradición, contrastan con el corinto de la procesión, creando un cuadro único que solo Murcia puede concebir.
El concejal contempla la escena con una mezcla de orgullo y emoción contenida. Sabe que está siendo testigo de uno de eso
nen la esencia de Murcia. La banda inicia una nueva marcha, esta vez más solemne, más profunda. Las notas parecen ascender por
Ramón Gaya hasta perderse en el cielo que ya empieza a mostrar sus primeros astros.
Las horas transcurren como un rosario de emociones enhebradas. La nazarena novel descubre que cada paso es una orac
nuevo descubrimiento. Las calles de Murcia se convierten en un templo a cielo abierto, donde el silencio suena más alto que cu
alrededor, los rostros de los espectadores reflejan la misma emoción que ella siente bajo su capuz.
El abuelo y su nieto han seguido la procesión, deteniéndose en cada plaza, en cada rincón. El pequeño se alegra cuando alg
y le da un caramelo; ya no pregunta tanto, ahora observa, absorbe, siente. Ha visto cómo las velas tiemblan al paso del Cristo, cóm
su camino, cómo la música eleva el espíritu de todos los presentes. Su abuelo sonríe, sabiendo que esta noche quedará grabada en la
como quedó en la suya tantos años atrás.
Desde su posición en la presidencia del cortejo, el concejal observa cómo la procesión dibuja un camino de luz por las arter
calle recorrida es un verso en el poema infinito de la Semana Santa murciana. Las marchas procesionales, seleccionadas con exquis
yen una atmósfera que trasciende lo mundano, elevando el espíritu de todos los presentes.
Y, entonces, llega el momento del regreso. La plaza de Santa Catalina vuelve a ser el escenario de otro instante mágico. La
que las horas de procesión han pasado como un suspiro. Sus pies duelen, pero su espíritu está más despierto que nunca. Contem
acerca lentamente a las puertas de la iglesia, y una emoción nueva le atraviesa el pecho.
El abuelo y su nieto, que han regresado a la plaza para el final de la procesión, son testigos del emotivo encuentro. Las m
alcanzan su momento más intenso, se percibe en los rostros de los estantes el cansancio por el esfuerzo realizado y el Cristo parece
una última vez antes de regresar a su templo.
El concejal, desde su posición privilegiada, siente el peso de la historia sobre sus hombros. Como representante de la ciuda
la procesión del Cristo de la Caridad vuelve a escribir un capítulo más en la historia viva de Murcia, una historia con fe, tradici
renueva cada Sábado de Pasión.
Las puertas de Santa Catalina se cierran lentamente. La nazarena novel se descubre el rostro y respira profundamente; mien
que henchida de orgullo la espera en la plaza, se seca una lágrima de emoción que recorría su mejilla. El abuelo abraza a su nieto,
zareno algún no muy lejano Sábado de Pasión. El concejal intercambia una mirada de satisfacción con el presidente de la cofradía
sido parte de algo que trasciende lo meramente institucional para convertirse en expresión del alma misma de la ciudad.
La plaza de Santa Catalina vuelve poco a poco al silencio. Las últimas notas musicales se desvanecen en el aire como una
El Cristo de la Caridad reposa ya en su sede, pero su presencia permanece en el corazón de todos los que esta noche han sido tes
Porque en cada Sábado de Pasión, Murcia no solo contempla una procesión, sino que vive un milagro de fe, tradición y amor qu
año, generación tras generación, como un río eterno de devoción que fluye por las venas de la Ciudad.
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