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Discurso de cierre del acto de la
presentación de Rosario Corinto 2019
Álvaro Hernández Vicente
Hoy he tenido un gran privilegio, la cofradía de la Caridad me ha dado a probar
su particular ambrosía. Nombrarme presentador de Rosario Corinto. Una revista
realizada a pulso y pálpitos de corazón, cuyas páginas están bañadas de puro hedo-
nismo y ascetismo. En las que cada uno de los colaboradores, han depositado toda su ilusión y es-
fuerzo, aportando granitos de arena, que unidos han sido los responsables de este colosal resultado.
Una revista que año tras año se convierte
en un referente. No sólo cofrade, sino de
índole cultural. Una revista que contiene
píldoras para la vida, aliento y esperanza
en las horas oscuras. Pues como los an-
tiguos dejaban reflejado: “La verdad está
en los libros”. Aquella reflexión siempre
me hizo pensar. ¿A qué se referían con
verdad, sino al conocimiento que nutría
a cada uno de los humanistas y eruditos
que allí iban a consultar? La elocuencia
del documento y la eternidad del cono-
cimiento transmitido. La verdadera he-
rramienta para crear seres humanos, en
una sociedad que pierde sus pilares gre-
colatinos y cristianos, auténtica base de
nuestra civilización. La educación como
vía indispensable de conciliación, evolu-
ción y destino. Una realidad que hoy parece perecer y que hoy encuentra su luz al fin del camino,
con un testimonio como el que presentamos aquí esta tarde.
Una realidad que reaviva sentimientos, pasiones y amoríos. Devoción, piedad y fe. Una
realidad que resucita la Murcia de nuestros padres y abuelos, la “Murcia que se fue” como diría mi
admirado Fuentes y Ponte. La Murcia de los pregoneros, jaboneros, plateros y traperos. La Murcia
de las Ánimas, de las hornacinas y los velones que ardían sobre manteles ribeteados de encaje. La
Murcia de nobles y señores. De labradores y huertanos. La Murcia de Saavedra, Cascales y Polo
de Medina. La Murcia de los mesones y las posadas, de la carnicería y de la lonja. De la seda y el
contraste. De la luz y el azahar. La Murcia del milagro devoto. La del recogimiento y oración, la del
llanto ahogado ante el paso de una Madre traspasada de dolor. La de viejos adoquines en los que
se clavan las rodillas, con plegaria tímida y profunda, ante el Señor en la cruz.
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