Page 114 - Rosario Corinto 7
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Parece que viejos recuerdos me han hecho tornar a una realidad olvidada. Añorada. Al mur-
           mullo que ronda las calles, al arrastre de las sillas y al “este año no llueve”. A las turbas coloridas
           en las puertas de los templos, a las envolturas de caramelo y las colgaduras de los balcones. A los
           obscuros días de lluvia, con la abuela, viendo los Santos Oficios desde el Vaticano, con un profun-
           do Miserere en el corazón. Al amor de una nazarena que con dos ojos verdes miraba a través del
           capuz, adivinando, si acaso, una mueca de sonrisa en su interior. Los labios apretados del estante,
           las esparteñas resbalando en el pavimento; y por encima de todo, Él.

                   El que todo lo cura, el que me sostiene. El que ampara y el que me acuna. Aquel que todo lo
           puede, aquel en el que todo lo puedo. El que me empuja y me alienta. El que me llama y me canta.
           Aquel al que tanto defraudo y tanto me pasa. A Ti Redentor, Señor de la Misericordia, Señor de
           la Caridad. La virtud sublime. Tu don más preciado. Por el que duermes en el madero, por el que
           extiendes tus brazos poderosos. Pues como decía Lope de Vega: “Vuelve tus ojos a mi fe piadosos,
           pues la palabra de seguirte empeño, tus dulces silbos y tus pies hermosos. No te espante el rigor
           de mis pecados, espera pues y escucha mis cuidados: pero ¿cómo te digo que me esperes, si estás
           para esperar con los pies clavados?”. Amor de amores, que por amores mueres. Que das sin pedir,
           recibes humilde y devuelves con creces. Acuérdate de nosotros, los que somos una infame sombra
           de ti, una mala imitación de tus pasos. Míranos con esa caridad del padre que vela por su hijo más
           perdido; con esa misericordia que no tuvimos cuando te vimos hambriento, sediento, enfermo y
           en la cárcel. Con esa compasión que te llevó como cordero al matadero. No te pido más, Divino
           Emperador ¡Y cuando este siervo, sea llamado a tus luminosos arreboles, por tu bendita sentencia;
           hazme saber en todo momento, Señor de la piedad, Señor de la clemencia, que tu caridad era el
           manto que me envolvía cada día, durante aquel sendero, por la Murcia perfumada de azahar, que
           juré, jamás olvidaría

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