Page 111 - Rosario Corinto 08
P. 111

el incienso, recorría el aire para convertirse en nuestro oxígeno
                                                 y la cera, ay la cera,

                    esa, que tanto refleja nuestros ojos que se iluminan cuando te vemos
                                   y llora conforme la intenta apagar el viento,

                 como nuestras lágrimas, cuando nos falta alguien que seguimos queriendo,
                                           cuatro cruces en su hombro,
                                            un beso, Juan, para el cielo,

                            las flores de la huerta me traerán de nuevo a tus plantas,
                      quien fuese clavel, para ir pinchado, junto al, pero de tus andas...

                              y entre tantos nazarenos al final se esboza tu silueta,
                                         y se detiene, otra vez, el tiempo,
                                              por más años que pasen,
                                                  ahí sigue, perenne
                                          el rezo que te hice de pequeño
                                                    padre nuestro,
                                                señor de la Caridad,
                                              tú que estás en el cielo...
                                         y antes de seguir y acabar el rezo,
                                                una alarma, un reloj,

                                    que me exige que me despierte del sueño
                                me levante y emprenda el camino, que me lleve

                                              donde siempre te espero,
                          a la puerta de santa Catalina, ese pequeño rincón del cielo

                              y comprendo que todo lo que pensaba haber vivido,
                                               era soñarte, de nuevo,
                                                 esperando la salida,

                                      que me demuestre que estoy despierto
                                             y estoy, otra vez, contigo...

       Cuando salga el Señor de la Caridad, se nos llenará el corazón de su amor, algo que él mismo
espera hacernos sentir cada vez que nos acercamos ante él en el sagrario, en eterna cuaresma de
nuestra vida, ¿de qué nos sirve el contar los días y la ansiosa espera cuando él siempre acaba espe-
rándonos y lo buscamos solamente un día? Somos cofrades, pero todos los días, por eso siempre
habrá Semana Santa...

       Y seguro que volverá a las calles, y el Señor nos la traerá de su mano... Volverá la Oración
en el Huerto a hacer la curva de Calderón de la Barca cuando venga del Romea, la Flagelación
se recortará en el azul cielo de ese sábado añorado a los pies de la Inmaculada, clara defensa de
un dogma que desde Santa Catalina se proclama, la Coronación cuando se detenga en las cuatro
esquinas exaltará, como hace siempre, el uso de la cera en los pasos de nuestras cofradías, el Naza-
reno, otra vez echándose nuestras cruces encima, la Verónica, a la que volveré ver subir la cuesta de
las Anas y el año que viene, al Expolio, San Juan y su buena gente, los niños y la semilla germinada,

        María Dolorosa ante el imafronte de la Catedral y la Virgen del Rosario, cuando vuelva a
sonar su marcha, Tarde de Sábado Santo.

       A ti, Señor, te encuentro a diario en el pan eucarístico que siempre defiendo como la pri-
mera verdad de todo buen cofrade, por eso mi corazón alegre de sentirte tan cerca a diario echara

                                                                                                                                                    111
   106   107   108   109   110   111   112   113   114   115   116