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Elena Montesinos Urbán
Conocemos bien las virtudes teologales: la Fe, la Esperanza y la Caridad. Las tres nos
fueron infundidas en el momento de nuestro bautismo y son inseparables. Por la Fe
somos capaces de ver a Dios en todo lo que nos rodea. La Esperanza nos hace desear
a Dios como bien supremo, al mismo tiempo que confiamos firmemente en alcanzar la vida eterna.
Para un cristiano, tanto la Fe como la Esperanza deben desembocar en el amor sobrenatural,
la Caridad. Por ella actuamos de acuerdo a las enseñanzas de Jesús en el Evangelio. Solo en la virtud
de la Caridad podemos amar a Dios y a la vez a nuestros hermanos por Dios.
Por la Caridad y en la Caridad, Dios nos hace parte de su propio ser, que es el Amor. Según
San Pablo (1 Corintios, 13-13) “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el
mayor de ellos es el amor”.
Si, la Fe nos impulsa, la Esperanza nos mantiene a salvo en medio de las tormentas, pero
solo cuando amamos, cuando encarnamos el amor que Dios siente por nosotros en el servicio a
nuestros hermanos, podemos experimentar la grandeza de la Caridad.
Jesús, en el Evangelio, cuando es preguntado sobre la ley de Dios contesta:
“Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?
Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda
tu mente.
Este es el primero y grande mandamiento.
Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas”. (Mateo 22 36-40)
Por tanto, el amor de Dios y a Dios, si es verdadero, hace brotar con naturalidad el amor
a los demás, a nuestros hermanos. Porque también podemos recordar: “No todo el que me dice:
«Señor, Señor», entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los
cielos” (Mateo 7, 21).
La Caridad muchas veces es emocional, nos conmovemos ante las tragedias extraordinarias
que suceden en el mundo y volcamos nuestra compasión en ayudar a quienes no conocemos pero
entendemos que necesitan nuestra ayuda. La Caridad cristiana va mucho más allá de la compasión
emocional. Servir a los demás es nuestra identidad como hijos de Dios. Darnos por puro amor está
en nuestra naturaleza. “Amamos porque Él nos amó primero” (1 Juan 4, 19).
El propio San Juan insiste “Carísimos, amémonos unos á otros; porque el amor es de Dios.
Cualquiera que ama, es nacido de Dios, y conoce á Dios” (1 Juan 4,7)
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