Page 118 - Rosario Corinto 10
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Exaltación al
                          Cristo de la Paciencia

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    Buenas noches ilustrísimas autoridades religiosas y civiles, junta de Gobierno y herma-
                          nos corintos, buenas noches murcianos, vecinos y cristianos:
                          Corre ahora por Murcia una brisa antigua de otoño, que no echa en falta primaveras,
           ni el verdor de la ribera, si eres tú el que espera paciente y silencioso. Pues son tus silencios los
           únicos que me llenan, cuando me vacío en sollozos cruzando el umbral de tu puerta. Corre ahora
           por Murcia una brisa antigua de otoño, que a las benditas ánimas reza para que la muerte no muera
           y resplandezca de gozo. Pues en la remota y murciana huerta, misereres se cantan en corro entre
           bancales verdosos, camposantos y veredas. Corre ahora por Murcia una brisa antigua de otoño,
           prometiendo la vida eterna, santidad como recompensa en un mundo lleno de odio.
                   Y es que el murciano noviembre que sabe a calabazate, no se entiende sin sus flores en la
           plaza del Contraste. Porque es aquí, Cordero paciente, donde tiene Murcia un corazón que late en
           periodos invernales y estíos ardientes. Donde una santa Alejandrina está subida a los altares, siendo
           su casa pretorio esta noche, para el Señor de la Paciencia, el más manso de los hombres.
                   Tú has oído repicar las campanas de esta torre marcando el paso del tiempo, ¡qué tiem-
           po van a medir relojes, si eres eterno y primero! Tú has escuchado el bullicio de los porches y al
           Consejo de Hombres Buenos, deliberando a los regidores y a los pobres de Dios durmiendo. Tú
           has estado siempre presente en esa Murcia que deambula, Sacramento en estas paredes, fuente de
           santidad y ayuda.
                   Tú has escuchado desde dentro sonar la plata en el Contraste. ¡De qué riquezas hablan sin
           conocer tu rango y tu linaje! Ante ti han pasado escribanos, carreteros y negociantes; te han rezado
           traperos, plateros y el resto de órdenes gremiales; ante ti se han postrado campesinos, forasteros y
           vendedores ambulantes. Tú has multiplicado hasta los peces de la lonja para saciar el hambre. Has
           sido, Señor, el mejor regidor que puede tener este enclave, rigiendo desde ese sitial que hoy es de
           mis verdades la base.
                   Hidalgos y nobles han conocido tu semblante, ¡qué títulos pueden tener Melgarejos y Pare-
           jas ante tu soberbio plante! Como van a compararse Ceballos, Saurines o Galteros con tu soberanía
           arrogante, mientras duermen bajo estas losas sepulcrales sobre las que portas la caña triunfante.
           Qué sabremos nosotros de honores, títulos y linajes, desnudos ante tu presencia de esencia in-
           abarcable. Y es que nadie podrá quitarme este orgullo que experimento con mirarte. Pues eres,
           Hermosura Soberana, tan antiguo y tan nuevo, que verte a ti es contemplar milenios enteros, en
           los que ya me querías desde el principio de los tiempos.
                   Eres bendito entre todos, Soberano de los cielos, Varón de Dolores que por amores me
           tiene preso. Yo te he visto siempre aquí sentado, desde que tengo memoria, como si durante toda

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