Page 119 - Rosario Corinto 10
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mi historia, una vida me hubieras esperado. ¿Cómo te miro a la cara, si mi boca indigna, excelso
Redentor, no suelta más que infames palabras? ¿Cómo puedo aliviarte esa carga, Señor, si eres tú el
que me alienta cuando las fuerzas me fallan?

       Te pido por aquellos que te amaron a mansalva que seguro están contigo, porque tienes
esta tarde un brillo que nunca he visto en tu mirada. Tu boca me susurra y tu mirada me enajena,
¡cómo es posible que al Dios de la clemencia den hiel amarga sin pudor y sin conciencia! Alma
recomponte y dime si bien he escuchado, ¡qué hombre en su sano juicio puede padecer perdonan-
do! “Ahí tenéis al hombre”, dirá el infame Pilato, ¿quién eres tú que aún me amas destrozado y
humillado? Yo te quisiera liberar de esta sinrazón prisionera, pero recuerdo que dijiste: ¡hágase en
mí lo que quieras! Si no puedo librarte porque esta es tu condena, déjame acompañarte aunque al
clavarte me muera. ¡Ay Dios de mis adentros, sangrando por nuestras culpas!, pues con esta sangre
salda, Dios de Dios todas las deudas.

       Por mí esperas paciente antes de entregar la vida, pues sabes, Santo Clemente, que tu Pasión
salva la mía. Eres mi refugio en el miedo curando mis heridas, en un abrazo tierno que libra de las
caídas. ¡Qué portento! ¡Qué semblante! Que llevando una caña por cetro y una corona penetrante,
toda rodilla se dobla ante tu majestad arrogante. ¡Válgame Dios qué delirio!¡Que gubia la de Salzi-
llo!¡Brillando Nápoles en esta Víctima que se entrega en sacrificio. Pues hizo Nicolás en su artificio,
un semblante tan pacífico, que es tener a la misma gloria en la Tierra esperando juicio.

       Hermanos, acompañad a su Madre, sostened a la Reina, mirad cómo llora dolorosa por el
Redentor de la Tierra, caminando a tientas en delirio embargada por la pena. ¡No sufras mi Cor-
dero!, que yo consolaré a la Madre, pues no hay rosas que no calmen el más amargo de los pesares,
que siendo rosa tan admirable, sabe de espinas y afanes.

       Sólo la Cruz te espera dando paso a la esperanza. ¡Qué portento de Cruz que con sus brazos
salva! ¡Aguanta amado mío, aunque se te ahogue el alma, y deja que contemple tu tez de porcelana,
porque que mirando tu belleza se purifica el alma! Pues sois perfume de nardos que a tu encuentro
embriaga, contemplando esta mirada penetrante y soberana.

       Siempre que te miro siento algo incontestable, pues sometido y humillado eres Dios ingo-
bernable porque nunca he visto a nadie tan libre y admirable. Construyes palacios en mis tristes
solares, conviertes mis letargos en ciegos despertares, en medio de la lucha eres vigor en el combate,
sentado y maniatado rodeado de cobardes. Eres el sosiego que busco en mis tempestades, valentía
en el duelo y paz en lo insoportable. Eres Señor, paciente, un implacable lance, que restaura las rui-
nas y sanas lo incurable. Por eso cuando vengo y miro tu eterno semblante, mis cenizas se vuelven
fuego que consume en un instante.

       No sé si son los tiempos que tocan o es que las horas me envenenan, pero no entiendo Se-
ñor tu paciencia en medio del frenesí que te enajena, sé tú mi paz y mi clemencia, porque ver tu
mirada serena es un antídoto que consuela. Yo te he visto a ti caminar sobre las aguas, cambiar los
corazones de piedra, y encenderlos con tu mirada. Yo te he visto a ti curar enfermos, devolver la
vista a los ciegos y hacer todo lo viejo nuevo.

       ¿Quién eres tú, Nombre sobre todo Nombre, que esperando la muerte me arrancas los
temores? He intentado decírtelo a voces pero tu semblante me desarma, no he visto nunca tanta
nobleza en un hombre, que aún humillado en una pasión tan amarga, conciba tan lejanos hori-
zontes. Paciencia en la esperanza, Señor de mis mayores, pues eres Dios de la Vida entre destellos y
arreboles, la causa de mi locura en esta carne torpe que no permite verse pisada por humillaciones.
Enséñame esa humildad que blasona en medio de insultos y golpes, sin levantarse impetuosa ani-
quilando a los pecadores. Muéstrame la mansedumbre que te cubre, que mi soberbia azote, que, si
la espalda azotada muestras no se dolerá mi semblante esta noche ante un soberano tan santo, un
alma tan mediocre.

       Así que aquí me tienes, Señor de la Paciencia, de mis caminos deshecho, pues sin abrir los
labios ya escrutas mis anhelos. Sentado en esa tribuna yo sé que tú me esperas, pues siempre que
vengo tú nunca me faltas y cuando me voy tú siempre te quedas. Nunca una pasión hizo a nadie

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