Page 114 - Rosario Corinto 10
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José Alberto Fernández Sánchez
D Un ramillete de lamentos
e regreso de un viaje por la Sub-bética cordobesa salió la conversación de la saeta
flamenca en Murcia. Recordé como, seguramente influenciada por la cultura mu-
sical desarrollada en las primeras décadas del siglo XX en los “cafés cantantes” de
la popular calle Rambla, comenzaron a brotar espontáneamente estos cantos con giros flamencos
en nuestras procesiones. La saeta, como certeramente explica Díaz Cassou en su Pasionaria Mur-
ciana, era un canto ya conocido y ligado a la pedagogía popular de franciscanos y capuchinos; de
sus saetas derivaron aquellas otras del “Pecado mortal” que también fueron comunes por nuestras
calles en las primeras décadas del XIX. De modo que las raíces del canto pasionista son profundas.
No vamos a insistir en ello porque lo que se pretende ahora es algo bien diferente. Poner
voz, canto en un sentido mucho más poético, a las imágenes de un nuevo paso: el Expolio de las
vestiduras de Cristo. Esta estación acostumbrada en el rezo del Vía Crucis tradicional supondrá el
culmen artístico de la próxima Semana Santa. Ante este evento, movido además por la amistad y
el sincero respeto por artistas y mecenas, surgen estos poemillas que no son ya el eco de aquellas
improvisaciones callejeras. Tampoco tendrán, por ahora, sonora réplica en las arterias de la ciudad,
pero al menos, tributarán un sentido homenaje a quienes las practicaron en la ciudad (y consta que
fueron muchos) hasta no hace muchas décadas. Murcia ha perdido, desgraciadamente, la fachada
barroca de sus mansiones y edificios señoriales; parte de ello también ha ocurrido con sus tradicio-
nes y esta de las saetas es, tan solo, una más.
La estructura de sus rimas es sobradamente conocida pese a que, por dar mayor vitalidad al
verso, se ha preferido romper la métrica de sus hexástilos. Por ello, son un fruto natural no some-
tido a la rigidez modal de su forma ortodoxa aunque, piénsese, eso es algo que ya viene acaeciendo
en la práctica desde hace más de un siglo. Esa variedad es la propia que fructifica y garantiza su
raigambre popular y eso es lo que aquí se ha pretendido: que algo de la espontaneidad improvisada
sobreviva hasta dar con la tinta en el impreso. Por ello son también populares sus temas y recurren-
cias pues su voz, la voz de la saeta, pertenece al pueblo y, por abundar más, a un pueblo anónimo
en su mayor parte.
Ahora, por fortuna de los tiempos, el estudio de los cantes aflamencados es ya propio de
las academias. Y quizá por ello no haya que justificar mucho que la inventiva de estos poemillas
se sirva ahora del papel y el estudio mesurado; poco ya, por tanto, de la sugerente recurrencia
de aquellas voces de antaño. Aunque por ello pierda aquel carácter casi militar de la saeta, flecha
lanzada a los corazones, no se renuncia aquí al sentimiento, al drama… Y, si Dios quiere, alguna
vez acaso sirvan para algo más cercano a su origen. Sin más, las sirvo para que testimonien una
tipología donde se amalgama poesía y canto, esencia pura donde la nobleza del verso se inclina
derrotada a los pies del mismo Dios.
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