Page 140 - Rosario Corinto 12
P. 140
Caridad,qmueuclihmoomsnáas
Alfonso de la Cruz López Sánchez
Pregonero de la Semana Santa 2023
Percibo retornos contradictorios cuando me pregunto si en esta sociedad del 2025 exis-
te un grado alto o bajo de caridad. Si el devenir de los tiempos marca una corriente
al alza o a la baja en esta cuestión. Si la era digital, las prisas y los egoísmos refuerzan,
o no, el hermetismo de una coraza que anestesia sentimientos, ocupaciones y preocupaciones por
el prójimo.
Existen asociaciones, instituciones, cofradías y organizaciones que tienen como fin primor-
dial, precisamente, la atención a los demás. Colectivos sin ánimo de lucro estructurados en dife-
rentes especialidades para dar cobertura a una demanda creciente. Agrupaciones que se nutren de
envidiables y abnegados voluntarios, capaces de sustraer horas al confort particular para donárselas
a quienes más las necesitan.
Cualquier calificativo se me antoja insuficiente para elogiar esa actitud que lleva a terrenos
de la realidad el resumen final de “Los Mandamientos” que nos inculcaron desde bien pequeños:
“Amarás a Dios sobre todas las cosas… y al prójimo como a ti mismo”.
Pero vayamos a la vertiente opuesta, permutando el ambiguo sujeto de “la gente” por “el
yo”, en primera persona del singular. Porque uno puede ser tan extraordinariamente listo como
para engañar a quien se le ponga por delante, pero nunca a sí mismo. El espejo siempre te desnuda
el alma.
Y en ese extremo del salón, sin más compañía que la aportada por la señora soledad, es don-
de realmente nos enfrentamos al duro examen diario de la caridad, de una caridad bien entendida,
no la de limosna barata y facilona que intenta enmascarar la conciencia por el módico precio del
euro que sobra en el bolsillo.
Hablamos de otra caridad, la que te posiciona al servicio de los demás, la que te reviste de
entrega, la verdadera y principal enemiga del egocentrismo. Y, llegados a ese punto, es donde uno
comprueba el enorme trecho que media entre la consabida teoría y la dura práctica, esa inmensa
frontera que hay entre predicar y dar trigo.
Confieso que es una de las grandes batallas que libra diariamente este eterno aspirante a
cristiano, porque el vertiginoso ritmo cotidiano no es excusa suficiente, ni siquiera sumando los
menesteres laborales y los familiares. Y sufro porque me consta que siempre se puede llegar un
metro más lejos, siempre se puede regalar un minuto más, un abrazo más, una llamada más.
No hace mucho pasé por Santa Catalina, donde masticaba las típicas tribulaciones juveniles
de la etapa universitaria. Y decidí entrar. Y allí, sentado frente a la imponente imagen del titular
de esta cofradía corinto, le trasladé esa misma cuestión, sin necesidad de mover los labios: “Tú que
tanto sabes de caridad, dime qué puedo hacer para estrechar, aunque sea centímetro a centímetro,
140

