Page 170 - Rosario Corinto 12
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Volver a sentir
Juan Luis Martínez Martínez
En las primeras horas de la tarde y tras una pequeña siesta después de la comida, la
misma voz y con las mismas directrices de cada día hacen a Miguel abandonar el
sueño de un sobresalto y ponerse alerta. Sus ojos buscan el reloj a lo largo y ancho de
las paredes sin mucha idea de saber muy bien que es lo que realmente busca, a la vez que la mirada
se choca con una gran cantidad de elementos difíciles de identificar que desde hace unas semanas
desordenan además de la casa, también su cabeza. La calma aparece por la puerta en ese rostro
apacible y familiar.
Cargada de prendas, Ángela las dispone, con cuidado para no arrugarlas, sobre la mesa del
comedor y deja un beso sobre la frente de Miguel a la vez que le acaricia la mejilla y le pregunta
qué tal se encuentra. Mientras tanto, en la televisión se muestran unas conexiones en directo con
interrupciones para hablar del clima y la temperatura.
Como cada día, Ángela ayuda a Miguel con la tarea de vestirse, pero hoy su comporta-
miento no es como el de otros días y su cabeza vuela de forma especial. El tacto de sus manos
cuando le rozan se siente diferente e incluso cuando se dirige a él suena más tosco que en otras
ocasiones, aunque no llega a incomodarle, más bien le trae recuerdos no sabe muy bien de dónde.
Pero no solo los gestos le retrotraen a otros tiempos. Cuando Ángela coloca los calcetines altos de
ejecutivo o le acompaña los pies hacia los zapatos algo se despierta entre sus recuerdos, pero rápido
se disipan. La tarea continua y se repite la misma sensación cuando la mujer le acerca esa camisa
reluciente y perfectamente planchada o cuando le ajusta el nudo de la corbata al cuello.
Impecables, ambos se perfuman, Ángela le tiende su sombrero y un tirón del brazo obliga
a Miguel a agarrarse cuando salen de casa y ponen rumbo al paseo al que ya están acostumbrados,
con la diferencia de que el ambiente es diferente y no todo se desarrollará como es habitual.
El camino es muy similar al de cada día. El aroma corresponde al de la primavera en la
ciudad, aunque un mayor bullicio resuena entre las calles. A Miguel le resulta curioso que la última
vez que paseaba, esas paredes altas de las calles no lucían esas telas de muchos colores con diferentes
emblemas en el centro, y sin saber muy bien por qué una tímida sonrisa se dibuja en su rostro.
Siguiendo recto, girando una esquina, llegando a una plaza e introduciéndose de nuevo en
otra calle estrecha los dos continúan con el paseo cuando un pequeño tropiezo de Miguel empuja
a Ángela y casi les hace caer a los dos. Un pequeño cambio del trazado que normalmente no está
es el culpable. El bordillo ha desaparecido y hoy está cubierto por un montículo de arena prensada
que, aunque facilita la subida y sirve de apoyo, a Miguel casi le cuesta la tarde.
Y continuando con el paseo, Miguel se frena en seco tirando de Ángela y se mantiene
firme en el sitio mirando fijamente a una bocacalle perfectamente delimitada por unos asientos de
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