Page 171 - Rosario Corinto 12
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plástico, aunque el caballero los recordaba de madera. La señora espera paciente a que el momento
pase y a pesar de que han salido de casa con tiempo, el nerviosismo se apodera de ella y no puede
evitar mirar el reloj y alertar a Miguel de que deben seguir.
Tras unos cuantos minutos más de paseo el empedrado de la calle Santa Catalina advierte
a Miguel de la dificultad del terreno para alguien como él, haciéndole una vez más recordar algo
que no consigue realmente identificar. Ángela le indica que se siente en una de esas sillas como las
que antes se había quedado mirando.
Los sonidos que se intuyen por una calle cercana alertan a todos los presentes de algo y
un nerviosismo y sorpresa tensan a Miguel, que abre los ojos de par en par y buscan los de Ángela
para que ella, con una gran sonrisa, ya envejecida por los años, le responda sin necesidad de decir
nada. El rostro de Miguel se relaja y adopta una expresión que Ángela ya casi había olvidado, y al
mismo tiempo que una lágrima se desliza por su mejilla, él la empapa con la suya al darle un beso
y darle las gracias al oído.
Las circunstancias de la vida han hecho que Miguel no consiga saber muy bien cómo ha
conseguido llegar hasta este sitio, pero esas mismas circunstancias han hecho que en este preciso
momento todo encaje. Ahora mismo sabe que la señora que está a su lado es su esposa Ángela e
incluso que los pendientes que luce se los regaló él mismo. Miguel es consciente de que es Sábado
de Pasión y que su mujer le ha traído hasta la procesión para disfrutar de la cofradía de la que sigue
siendo hermano y en la que tantos años participó activamente.
Y es que nunca sabemos cuándo podemos convertirnos en Miguel o en una ejemplar ma-
yordoma que ayuda y guía como lo hace Ángela. Nunca sabemos en qué momento los recuerdos
se puede borrar y los hay que valen oro.
Igual que ahora Miguel recupera en su cabeza el recuerdo del vaivén de los dátiles de la
palmera de la Oración en el Huerto cada vez que el trono es calzado. La mirada del cristo de la
flagelación o de la coronación de espinas cuando el paso alcanza su altura. El andar perfectamente
acompasado de Nuestro Padre Jesús camino del Calvario o la elegancia y la esbeltez de la Verónica.
En su momento le parecía imposible olvidar la ilusión de los primeros años del Expolio, la belleza
del evangelista o el dolor que en su día plasmase Salzillo en la delicada Dolorosa. Grabó en su
cabeza el andar pausado y elegante del Santísimo Cristo de la Caridad a su paso por el entorno de
“las Anas” o su discurrir entre las moreras de la calle Echegaray.
Pero sin previo aviso la mente se nubla de nuevo, los recuerdos se emborronan y las imáge-
nes se vuelven a distorsionar como ese momento de belleza efímera en el que un trono se refleja en
el cristal de un escaparate y las luces crean formas imposibles. Justo en ese momento, Miguel recibe
algo de un señor que viste de rojo intenso. De sus manos caen un puñado de pequeños objetos y
antes de despedirse, sin prestarle mucha atención a lo que dice, aunque mirándolo fijamente, le
acaricia la cara y le sonríe.
Y cuando cae la noche, la magia, la suerte o, mejor dicho, la gracia de Dios se dan la mano.
El cortejo discurre por la ciudad con la solemnidad y la tradición que le caracteriza. La plaza del
Cardenal Belluga se rinde al paso de la cofradía cuando sus hermandades muestran la esencia de
la pasión a través de los misterios dolorosos del santo rosario. Una nube de incienso aparece tras la
curva y vuelve a despertar a Miguel de ese sueño que lo aparta día a día de lo cotidiano. Sin miedo,
valiente y decidido y ante la sorpresa de Ángela, se levanta de su silla, se retira el sombrero, coloca
sus manos tras la espalda y simplemente observa como su Cristo, el Santísimo Cristo de la Caridad,
desfila un año más ante él.
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