Page 28 - Rosario Corinto 12
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aspectos tan variados como el calendario festivo, el ciclo de la Navidad y la Semana Santa, las tradiciones
 ligadas al ciclo vital: nacimiento, matrimonio, entierros, bendición de los campos o de los vehículos…
 Pero también se relaciona con este mundo postmoderno en que, por ejemplo, hay tantas dificultades
 para establecer un vínculo realmente definitivo (una sociedad líquida), como el que requiere la unión
 matrimonial o el sacerdocio, o se quiere invisibilizar la muerte -y con ella la pastoral de la agonía y de los
 enfermos.

         Desde aquí y, para poder realizar positivamente esta tarea, proponemos tres claves para el tiempo
 presente, basadas en el magisterio del Papa Francisco.

         1 – Los cofrades somos discípulos misioneros. “En virtud del Bautismo recibido, cada miembro
         del pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero, cada uno de los bautizados es un agen-
         te evangelizador”. (EG 120). Lo que decimos no es algo que debe ser significativo para algunos,
         no, es una misión de todos que hay que descubrir para vivir con alegría. La cofradía debe estar al
         servicio de la evangelización de sus cofrades y de aquellos que se acercan a la piedad popular.
         Ser discípulos misioneros. En primer lugar, somos discípulos. “¿Vosotros quién decís que soy yo?,
         pregunta Jesús a los doce. Cada cristiano tiene que tener claro quien es Jesús para él. El discípulo
         de Cristo en la vivencia de su fe va descubriendo al Señor, va enamorándose de él, de su persona,
         de su presencia, de la acción de su Espíritu en su interior y decide seguirle, amarle e imitarle en su
         vivir cotidiano. Vive esta tarea en su día a día donde camina con Jesús, experimenta sus debilidades
         y descubre la fuerza de la gracia que el Señor le regala.
         Por su parte, la cofradía tiene la misión de ayudar a ser discípulos misioneros a cada uno de sus
         cofrades. Pero, ¿cómo? Pues ayudando al encuentro con Cristo en medio de los actos públicos de
         la fe, en el ejercicio de la caridad, en la evangelización que constantemente tiene que organizar para
         el alimento de la fe. Hoy se acercan muchos que están alejados de la fe buscando luz para su vida
         y ungüento para sanar sus heridas. Ellos han de recibir el primer anuncio y un acompañamiento
         espiritual que les permita el encuentro con el Señor y consolidar su fe, ser discípulos y misioneros.
         La cofradía ha de ser un espacio para la convivencia en fraternidad, para celebrar la vida, para no
         dejar solo ni abandonar aquel o aquella que milita en sus filas. Otros habrán de decir “Mirad como
         se aman” “Mirad como atienden a los pobres” “Mirad como son puentes para el encuentro con
         Jesucristo”, “Mirad como hacen cultura”.
         2- Las cofradías han de ser Iglesias abiertas que miran hacia las periferias. Tampoco se trata de
         un hecho novedoso, los cofrades simplemente deben mirar su tradición para descubrir cómo sus
         antepasados, miembros de la misma institución que ha permanecido en el tiempo, se tomaron la
         “molestia” de salir a diversas periferias existenciales. Y no con grandes medios o conocimientos.
         Los hospitales de las hermandades de la edad moderna eran poco más que refugios donde se daba
         alojamiento a algún peregrino o transeúnte, y a enfermos que lo necesitaban, allí los hermanos,
         sabedores de su labor, se turnaban para cuidarlos. Lo mismo pasaba cuando un cofrade caía en en-
         fermedad, o cuando se obligaban a atender a un preso enfermo o a un moribundo. Lo importante
         no era la capacitación técnica sino la disposición, y la capacidad de ver en el enfermo al propio
         Cristo que nos dijo “lo que hicisteis a uno de estos a mí me lo hicisteis”.
         Hoy las periferias son muchas y más complejas, y la forma de acercarse a ellas también es más di-
         ficultosa, pero el espíritu tiene que seguir siendo el mismo, el que nace de la fe y del compromiso
         de la caridad. Atendiendo a los pobres nos debemos dejar evangelizar por ellos y descubrir que son
         la riqueza de la Iglesia. Un cofrade tiene que ser un cristiano muy comprometido con los pobres,
         los enfermos, los que sufren por cualquier causa. Hacia ellos ha de ir y compartir la vida como hizo
         Cristo, ese Cristo que procesiona y con el que comparte sus sentimientos más profundos.
         3 – El cofrade ha de ser un cristiano que vive en sinodalidad, es decir, que camina junto a toda la
         Iglesia en comunión y corresponsabilidad. Siempre evitando el protagonismo personal y el trabajo
         en solitario. Juntos avanzamos en el camino eclesial. Este debe ser el estilo y el espíritu.
         Sigamos viviendo bajo las indicaciones del Espíritu. Entendamos que nuestro ser cofrades es un
         don para la Iglesia y procuremos que nuestras cofradías sean espacios de fraternidad para anunciar

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