Page 53 - Rosario Corinto 12
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espada.
       Aunque hay distintas versiones de alguno de esos martirios, he reflejado las que parecen más

fidedignas, pero en todo caso, falta uno. Falta el Apóstol Juan. El Hijo del Trueno. El autor de un
Evangelio, de tres cartas y del Apocalipsis. El Discípulo Amado.

       Y es que Juan murió de viejo en Patmos. ¿Y si murió ya como anciano, cómo es que fue
martirizado?

       Juan era un joven galileo, que como narra el Evangelio estaba arreglando con su hermano
Santiago las redes del barco de pesca de su padre, Zebedeo, junto al Lago de Tiberiades, el Mar de
Galilea. Jesús les llamó e “inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron”.

       Como sabemos, los Evangelios tienen como fin trasladarnos las enseñanzas de Jesús, y evi-
dentemente no ahondan en cuestiones biográficas, familiares y, mucho menos, en las vidas de sus
discípulos. Según la tradición, Zebedeo sería un pescador con cierto desahogo económico, pues
tenía varios hombres trabajando para él, y estaba casado con Salomé, que basándose en el Evange-
lio de San Juan muchos consideran hermana de la Virgen. Según ese parentesco deduciríamos que
Juan y Santiago eran primos hermanos de Jesús.

       La cuestión es que Juan no sólo es uno de los apóstoles. Es de los más fieles seguidores. De
los que le acompañan en la curación de la hija de Jairo, en la transfiguración y en el huerto de los
Olivos cuando se retira a orar antes del Prendimiento. Y es el único que le sigue hasta el Calvario,
el único que presencia su muerte y acompaña su cuerpo al sepulcro.

       Esa presencia de Juan en los momentos centrales de la Pasión hace que le tengamos presen-
te como uno de los protagonistas en el relato de la Semana Santa que hacemos cada año, y que
encontremos multitud de imágenes que le representan, siempre como un joven que duerme en
Getsemaní, que acompaña a María en la Calle de la Amargura o que ayuda en el descendimiento
o el entierro de Cristo.

       Como el resto de los apóstoles, tras Pentecostés, inició una predicación que le llevaría a muy
diversos lugares, que comenzarían, junto a Pedro en el mismo templo de Jerusalén.

       A partir de ahí hay todo tipo de controversias, pero quizá la más llamativa es la relativa,
muchos años después, a su martirio. O deberíamos decir, en propiedad, a sus dos martirios.

       La narración de la vida de los apóstoles no siempre encuentra un relato fidedigno, una
biografía oficial, por llamarla de alguna manera. Pero hay numerosos escritos que, a lo largo de los
siglos, fueron configurando un relato que quedaría reflejado no sólo en diversos símbolos icono-
gráficos, sino incluso en el santoral o en la liturgia.

       Uno de los relatos más completos es el que elaboró el monje dominico Santiago de la Vorá-
gine, arzobispo de Génova, en el siglo XIII: la Leyenda Dorada, un compendio de relatos sobre la
vida de los santos. Y en él encontramos el primero de los martirios de San Juan. Porque, aunque
no falleció, sí debía haberlo hecho.

       Tuvo lugar en Éfeso, cuando un sacerdote del templo de Artemisa de nombre Aristodemo,
molesto por la gran repercusión que la predicación de San Juan tenía en aquella ciudad, decidió
acabar con su vida, y para ello le dio a beber una copa de vino envenenado retándole a que su Dios
salvase su vida. Juan, antes de beber, bendijo aquella copa “de la que salió el veneno tomando la
forma de una serpiente verde” y tras beberla no tuvo consecuencia alguna.

       Como vemos, “técnicamente” no podemos hablar de un martirio, aunque lo cierto es que
cualquier otro cristiano que hubiera bebido aquel veneno sí habría sido mártir, asesinado por su fe.

       Pero en el caso de San Juan, la historia no acaba ahí. Como el primero de los pontífices, Juan
Zebedeo también llegó a Roma, aunque no por voluntad propia.

       En este caso el relato nos lo ofrece también junto a la Leyenda Dorada un autor paleocris-
tiano que vivió entre los siglos II y III en Cartago: Tertuliano. Sus textos se centran en la religión,
e incluyen algunas referencias biográficas, entre ellas las relativas al martirio de Juan.

       Así nos cuenta que en tiempos del emperador Domiciano (81-96 d.C.) éste ordenó una

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