Page 54 - Rosario Corinto 12
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nueva y despiadada persecución a quienes consideraba que no seguían de forma tajante las cos-
tumbres romanas. Y obviamente los cristianos estaban entre ellos. Así, muchos fueron asesinados
en diversos lugares del imperio, pero para San Juan reservó algo más. Era el único superviviente
de los apóstoles, y dada la relevancia que tenía, ordenó que fuera apresado en Éfeso y conducido a
Roma. Allí, tras ser flagelado, fue introducido en una caldera de aceite hirviendo, un horrible final
para cualquiera que hubiera sufrido ese martirio… pero no para Juan, que no sólo no sufrió daño
alguno, sino que parecía simplemente estar tomando un baño reconfortante y dicen que incluso
salió del aceite hirviendo “más joven que antes”.
Considerando aquel milagro como un acto de un poderoso mago, Domiciano desterró a
San Juan a la isla de Patmos, donde escribiría el Apocalipsis, y donde permaneció hasta que, tras
la muerte de Domiciano, regresó a Éfeso, donde moriría poco después ya por su avanzada edad,
habiendo sobrevivido al martirio.
En este último caso, la Iglesia sí incluyó este martirio en la liturgia católica, celebrándose el 6
de mayo de cada año la festividad del martirio de San Juan “ante portam latinam”. Así se mantuvo
hasta que tras la publicación por Juan XXIII el 25 de julio de 1960 del ‘Rubricarum instructum’,
una norma que simplificaba tanto el Breviario como el Misal romano y que evitaba la duplicidad
en las celebraciones sobre un mismo santo, desapareció del Misal romano en su siguiente edición,
el 23 de junio de 1962.
La festividad de San Juan ante Porta Latina pasaba al conocido como “vetus ordo”, aunque
sí se mantendría tanto en el nombre de varias iglesias como en un título cardenalicio instaurado
por el papa León X el 6 de julio de 1517: el de Cardenal Presbítero de San Juan en Porta Latina,
que actualmente y desde 2022 es el que corresponde al paraguayo Adalberto Martínez Flores.
Lo más curioso de este nombre y esta referencia al martirio de San Juan “ante portam la-
tinam” es que cuando se llevó a cabo, dicha puerta no existía.
Desde su fundación, Roma contó con unas murallas que, con el paso del tiempo dejaron de
tener sentido, pues la ciudad se había expandido mucho más allá de aquellas. Así, en el siglo III, el
emperador Aureliano mandó levantar unas nuevas, que tomaron el nombre de aquel: las murallas
aurelianas. Y sería en éstas donde, entre las numerosas puertas con que contaba, una de ellas sería
denominada como la Puerta Latina.
Y aunque, en efecto, el martirio de San Juan tuvo lugar en la zona cercana a aquella puerta,
aunque no donde hoy se alza la Basílica de San Giovanni a Porta Latina, sino donde lo conmemo-
ra una pequeña iglesia u oratorio de planta central, San Giovanni in Oleo, cuya construcción se
atribuye a Bramante y restaurada por Borromini. Dos de los más grandes arquitectos de la historia
para un templo tan pequeño, pero con tanta simbología e historia.
Como vemos, junto a la imponente Basílica Mayor de San Juan de Letrán, otros templos
recuerdan al más joven de los apóstoles en Roma y junto al águila de Patmos, el más habitual de
los símbolos iconográficos de San Juan existen otros como la copa de la que sale una serpiente y el
caldero en el que Domiciano quiso martirizarle.
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