Page 175 - Rosario Corinto 10
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a la dolorosa pena por la que paso el Rey de Reyes y Señor de Señores, porque Dios, estimado
lector, se encuentra en estas fatídicas situaciones de mal pronóstico, donde la fuerza de Dios y el
conocimiento/técnicas del personal sanitario hacen que se restaure la vida de un paciente, dando
la batalla por vencida a la muerte . Estas situaciones ponen tan de manifiesto la Resurrección, que
te reafirman en la fe que también se vive en el Sábado de Pasión.

       En cuantas situaciones se viven momentos en los que la tensión, la fatiga, la turnicidad y
la rutina se insertan en la cabeza sintiendo sobre ella esa Corona de Espinas, esos quebraderos de
cabeza fuertes y dolorosos, al ver que un paciente al que has empleado todos tus medios, todos esos
recursos que tenías a mano y ves que no progresa, te notas invadido por las críticas del familiar. Se
dibuja en muchas circunstancias esa escena de la Pasión de Cristo, pero tú te aferras a la voluntad
de Jesús, tiras hacia adelante y no desfalleces ante la presión, porque sabes, que al fin y al cabo,
como enfermero, repartes Caridad al que lo necesita, prestándole los mejores cuidados posibles,
aplicando el mismo arte que el escultor, tallista, orfebre o bordador, pero en el cuidado, primando
la calidad y la humanización en los mismos.

       Tantas veces vemos a Cristo camino al Calvario en el hospital, como la angustia de la pesada
cruz de la enfermedad, de un cáncer que no tiene cura, hacen esa cruz más grande, que se clava en
tu mirada, donde el dolor al cargarla hace débil al paciente que está intentando salir hacia adelante
impulsado por la Caridad de los que les rodean. Como sanitarios encarnamos el papel de Simón de
Cirene, aliviando la carga de esa enfermedad, dando soporte para evitar el riesgo de caídas, mismas
caídas que tuvo Cristo camino al Gólgota haciendo más difícil su camino hacia la curación de la
enfermedad.

       ¿Qué decimos de “Las Verónicas” que enjugan las lágrimas del rostro del paciente? Que lim-
pian las heridas de un rostro dolido, sufriente, donde se debate entre la vida y la muerte, la angustia
hecha carne, de dolores extremos, dolor que es una constante en la vida diaria del mismo, donde la
vela de la vida va apagándose y el fuego que mantenía con vida va extinguiéndose, el dramatismo
de la escena, del caso, así como del pronostico hacen que aun así exista esa Santa Mujer Verónica
que asea al paciente, para hacerle sentir en ese momento un oasis de tranquilidad, alrededor de un
desierto de tantos tormentos.

       También en el dolor vivido en la juventud vemos la Pasión. Esos nietos o hijos que ven a su
familiar tendido en la UCI, donde el duelo por la enfermedad se ven rostros de San Juan, a veces se
ven momentos de rabia y de indignación, los mismos que seguro sentiría el mismo Apóstol amado
en ese Calvario de mucho dolor y angustia por la muerte de su Maestro, Jesús de Nazaret. En la
juventud se vive el dolor inmenso de la crisis de identidad, que actualmente se ha potenciado,
donde un verdadero cristiano es difícil de encajar en una sociedad cosificada por la superficialidad
del momento y el rito ortodoxo de la moda y del placer al instante.

       Yo recuerdo aquel momento en que vi en una habitación la estampa de la Virgen. Una
estampa en la cual se dejaba entrever a una Virgen Dolorosa mirando al suelo, con una espada
traspasada en el alma y veía como si esa Virgen respondiera al dolor del paciente con el llanto
desconsolado que tenía. Llanto que recordaba el desgarrador rostro de la Dolorosa que tallase el in-
signe y prolífico imaginero de nuestra ciudad de Murcia, evidentemente hablamos de Salzillo, que
desfila por las calles ocres y granas de esta ciudad huertana y barroca en sus anhelos donde las haya.

       El Cristo de la Caridad se refleja en el sufriente. En sus heridas vemos ese sufrir dulce que
expresa la bendita imagen de Rafael Roses Rivadavia. Ese gran dolor paseado con elegancia por
Murcia, parece que palía la pena de Cristo, que ya muerto, muestra un manantial de paz. La sen-
cillez y calidez de sus cabellos me recuerdan el mimo y cuidado que se dan a los pacientes en el
hospital, en la desnudez, despojados y expoliados de su identidad, a un mero camisón vistiendo
igual que el de al lado, intentamos ofrecer los mejores cuidados en cada técnica, para evitar en
definitiva sentirse abandonados de ese manantial de Caridad que es Cristo.

       En el Rosario observamos la calidez de una Madre que llena de emoción, no de penas, ni
de amarguras, ven a su hijo recién nacido por primera vez, abrazan la vida, abrazan a una vida que
practicará su rosario y que habrá momentos de gozo, de luz, así como momentos de dolor y sole-

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