Page 172 - Rosario Corinto 10
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Algunas veces hemos reflexionado sobre la idoneidad de esta forma de representar a la Vir-
gen en el mundo contemporáneo que nos ha tocado vivir. Desde los primeros proyectos para la
procesión siempre estuvieron presentes los escritos de S.S. Benedicto XVI al respecto del Sábado
Santo permanente en el que vive toda la sociedad actual. Ante esa aparente ausencia de la divinidad
la Virgen es la respuesta. Y una contestación desde el cristianismo frente a la secularización que se
expresa a través de la rotunda belleza.
Este es un tema que se ha entendido perfectamente en muchos rincones del país por medio
de la difusión enorme de la imagen a través de las redes sociales. Este efecto ha estado por encima
de cualquier previsión y ha tenido un eco manifiesto con enlaces de latitudes del occidente andaluz
que ha llevado a la repercusión enorme que ha alcanzado Ramón Cuenca en lugares como Huelva,
Jerez, Málaga o Sevilla. Puede afirmarse sin rubor que se trata de un nuevo icono desplegado desde
la Semana Santa de Murcia: un efecto que, con todas las salvedades, no ocurría desde tiempos de
Salzillo.
Tenemos en consecuencia una imagen titular de la procesión de Sábado Santo que excede
el ámbito local en el que transitan la mayor parte de las representaciones de la Semana Santa mur-
ciana. Esta excepcionalidad es muestra de orgullo y legitima la tarea que emprendimos hace ahora
diez años. Voy a omitir el nombre de los artífices de aquel proyecto por no caer en el injusto olvido
de aquellas personas que pusieron su grano de arena en el mismo. Ellos saben perfectamente el
papel que ocupan en esta historia.
Sí que voy a citar, sin embargo, el papel testimonial desarrollado por las madrinas de la
imagen, las madres dominicas del convento de Santa Ana de Murcia. Fueron ellas las primeras
en acoger en su templo a la talla en el día de su bendición y quienes pusieron a disposición de la
cofradía el magnífico acompañamiento musical de las hermanas y el del propio órgano barroco que
forma parte de su histórico y bello recinto eclesiástico. La Virgen va cada año hacia ellas cuando
sale en su procesión: sabe del fundamento que la oración constante que ejercen desde el cenobio
tiene en la preservación espiritual de nuestro mundo cristiano en estos tiempos de vacío ético,
moral y espiritual.
Es un gesto simple y estacional marcado por la vigilia del Sábado Santo. Pero evidencia el
sentido real de este día: la espera de la inminente venida de Cristo desde el reino de los muertos.
Es la luz que permanece encendida en medio de la oscuridad: como aquella Candela llamada, pre-
cisamente, “María” dentro del antiguo Oficio de Tinieblas. Un símbolo de nuestro mundo al que
los cofrades acompañamos con nuestra oración callada bajo el antifaz de la túnica. Sobre el aire de
las calles cae la luz dorada de la Primavera y una profunda melancolía embarga las calles. Suenan
las marchas fúnebres y una extraña belleza las embarga: una procesión nueva que impresiona como
si hubiera existido siempre.
Puede sonar excesivo y hasta presuntuoso en extremo. Pero pareciera que la tarde del Sábado
Santo de Murcia se hubiese pensado para que su aire tibio y dorado acariciase la tez pálida de la
Virgen. No es un milagro o, acaso, sí lo es. La belleza en un tiempo que la abomina es el resultado
extraño de una idea que surgió en la calle y que en el mismo lugar fue pronto creciendo. Ninguno
somos su autor y todos los somos a la vez. Indudablemente, un errante Serafín mediaba en las ho-
ras en las que se gestaba el embrión de lo que hoy es un hecho. De hecho, lo vemos cada año y, a
la vez, no lo vemos. Es centella o un suspiro. Es una nota musical solemne retenida con su eco en
una esquina. Es el instante mismo que media antes del renacimiento de la Vida.
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