Page 50 - Rosario Corinto 10
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son los muchos Lignum Crucis -astillas de la Cruz-, las espinas de la corona de espinas, la cuna que se
conserva en la basílica de Santa María la Mayor en Roma (uno de cuyos fragmentos fue entregado
no hace muchos años por el Papa Francisco a la iglesia franciscana de Santa Catalina, en Belén), el
Santo Cáliz en la Catedral de Valencia, el Santo Sudario en Turín o un largo etcétera.
Quizá menos conocidas son las reliquias relacionadas con la Virgen María, también exis-
tentes en buen número y en muy diversas localizaciones. Obviamente, al haber subido al cielo en
cuerpo y alma, no las hay de sus huesos, pero sí algunas vinculadas a Ella.
Así, en la localidad de Zugdidi (Georgia), al este del Mar Negro, se conserva la que se con-
sidera la túnica de la Virgen. Custodiada por la Iglesia Ortodoxa, se llevó a su actual ubicación en
el siglo XIV desde Constantinopla, donde se encontraba desde mediados del siglo V procedente
de una isla griega. Puede ser venerada por los fieles cada 15 de julio, en el transcurso de una fiesta
que lleva por nombre Vlakernoba.
El cíngulo con el que se dice se ceñía esta túnica también se conserva. Un cíngulo que, según
el llamado Evangelio apócrifo de José de Arimatea, la Virgen habría entregado a Santo Tomás. El
cíngulo formaba parte de la dote de la esposa de un caballero italiano, originaria de Jerusalén, que
lo llevó consigo, al contraer matrimonio en el siglo XII, hasta la localidad italiana de Prato en las
cercanías de Florencia. De esta reliquia se dice que fue venerada por San Francisco de Asís y que,
posteriormente llegó a pertenecer a la familia Médici. Tanto San Juan Pablo II como el actual papa
visitaron el llamado “Santo Cíngulo”. El monasterio ortodoxo griego de Vatopedi también dice
poseer otro fragmento de dicho cíngulo.
Junto a la túnica y el cíngulo, otra reliquia “textil” sería el velo, conservado (hoy en frag-
mentos) en la Catedral de Chartres (Francia). Esta reliquia llegó a Francia como un regalo a
Carlomagno, y tras sobrevivir a diversas contingencias históricas, fue dividida en trozos durante la
Revolución Francesa para evitar su pérdida.
Junto a éstas hay varias reliquias curiosas, como los cabellos que afirman poseer varias basíli-
cas e iglesias europeas (entre otras las catedrales de Oviedo y Valencia y el monasterio de San Pedro
de Arlanza en Burgos), la leche materna en incontables templos y varios anillos nupciales, el más
famoso de los cuales conservado en la Catedral de Perugia (Italia).
Con todo, la que posiblemente sea la reliquia de la Virgen más curiosa sea su casa. Aquella
donde nació y vivió. Donde tuvo lugar la Anunciación y, según la tradición, volvería a vivir luego
con San José y el Niño Jesús.
Y es que por curioso que pueda parecernos, la tradición relata que cuando los mamelucos
invadieron Tierra Santa en el siglo XIII y con la caída de San Juan de Acre en 1291 se perdieron
los últimos reductos cristianos en los Santos Lugares, los ángeles trasladaron la casa de la Virgen
desde Nazaret a Dalmacia, evitando su profanación. Tres años más tarde fue trasladada –de nuevo
por los ángeles- a la localidad italiana de Loreto, a un bosque en el que abundaban los laureles (de
ahí el nombre de Loreto, en latín lauretum). No sería el último traslado de la casa de la Virgen por
los ángeles, dado que para evitar el pillaje de los ladrones hacia los fieles que acudían a rezar en ella,
volvieron a asentarla en un monte cercano.
Nacía así esa advocación, la de la Virgen de Loreto, que por los motivos referidos sería la
patrona de la Aviación. Sobre la casa se levantaría un santuario en el siglo XIV, en el que se fueron
acuñando diversos títulos y advocaciones de la Virgen que se escribirían en sus muros y que, to-
mando el nombre del lugar, fueron conocidos como las letanías “lauretanas”.
Hoy la casa de la Virgen apenas puede percibirse en su configuración inicial, pues al igual
que con otras reliquias de similar naturaleza, como el Santo Sepulcro en Jerusalén, fueron recu-
biertas en su totalidad por un revestimiento en mármol realizado en 1509 por uno de los grandes
artistas del Renacimiento, Donato Bramante.
Está compuesta por tres paredes que se creen que originalmente rodeaban la gruta que hoy
puede verse en la Basílica de la Anunciación en Nazaret. Éstas miden tres metros de alto, y una de
ellas conserva una ventana conocida como “del Ángel” pues sería –según la tradición- por donde
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