Page 95 - Rosario Corinto 10
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Entre lo contemporáneo, son reseñables sin duda las esculturas aportadas en los años de la
posguerra por Sánchez Lozano, como la Santa Rita o la Imposición de la Casulla a San Ildefon-
so por la Virgen de la Paz; y el Sagrado Corazón de Jesús, de José Noguera; junto con las tallas
pertenecientes a la Caridad, como el Cristo, del escultor y pintor Roses Rivadavia, San Juan y la
Virgen del Rosario Doloroso, de Ramón Cuenca, y la Verónica, de Hernández Navarro. Una pena
que otras obras de la Cofradía, de indudable atractivo devocional, no puedan ser ofrecidas al culto
público.

       Dentro de las imágenes que podemos catalogar como antiguas, por contar con más de un
siglo de edad, hay una que no llama especialmente la atención, a pesar de su más que evidente
visibilidad, pero que tiene detrás una historia curiosa y una autoría digna de mención, y no es otra
que el San José del retablo mayor, o como queramos denominar estas tres hornacinas, enmarcadas
por columnas y arcos de medio punto y el sencillo expositor.

       La hornacina central la ocupa Santa Catalina, y las laterales la Purísima, en el lado del Evan-
gelio, y San José, la de la Epístola. La del patrón de la Iglesia Católica es una talla de muy buena
presencia y su autor, dato poco conocido y menos aireado, no es otro que el malogrado escultor
valenciano Juan Dorado Brisa.

       Merece la pena recordar, siquiera brevemente, quien fue Juan Dorado en la imaginería mur-
ciana de los años finales del siglo XIX y primeros del XX. Nació en Valencia en 1874, y estudió
en la Academia de San Carlos. El destino quiso que su maestro fuera un murciano afincado en la
ciudad del Turia, el yeclano Venancio Marco, y que en Murcia obtuviera un encargo de prestigio,
previo concurso, para hacer un nuevo paso del Santo Sepulcro para albergar la imagen del Cristo
Yacente atribuida a Bussy.

       Del Santo Sepulcro a los coloraos
       Tenía sólo 22 años, y tras el éxito obtenido, y las nuevas propuestas de trabajo recibidas, de-
cidió abrir taller en Murcia, donde ejecutó diversas obras que acrecentaron su prestigio y trajeron
consigo nuevos encargos, entre los que merece la pena destacar, en el ámbito nazareno, los pasos
del Lavatorio y San Juan para la Archicofradía de la Sangre, estrenados en los años 1904 y 1905,
de los que, por desgracia, sólo se conserva el segundo.
       Otras obras reseñables son un Corazón de Jesús para Santa Eulalia, el abrazo de Cristo Cru-
cificado a San Francisco, de los franciscanos, el relieve dedicado al industrial Francisco Peña y el
citado San José de Santa Catalina que, sin embargo, no fue realizado para este templo.
       Falleció en un desgraciado accidente cuando solo contaba con 33 años de edad y mucho por
ofrecer al mundo del arte, como había puesto de manifiesto a lo largo del decenio en que estuvo
trabajando para Murcia.
       El Círculo Católico de Obreros
       Como advertía líneas más arriba, el San José de Dorado no estuvo destinado originalmente
a Santa Catalina, sino a la capilla del Círculo Católico de Obreros, una entidad dirigida a ofrecer
instrucción a la clase trabajadora que quedó erigida en Murcia en el año 1892, pero que ya venía
funcionando en diversos lugares de España desde 20 años antes.
       La generosidad de un ilustre vecino de la plaza de Santa Catalina, Mariano Palarea Sánchez
de Palencia, propietario entonces de la actual sede del Museo Gaya, pero también del bonito
palacete de la calle de San Nicolás que acoge en nuestros días la Residencia María Inmaculada,
permitió a la nueva institución encontrar asiento en la señorial casona para desarrollar su fructífera
actividad.
       De la mano del trabajo sobre el Círculo Católico de Murcia firmado por Luis Miguel Mo-
reno y publicado en 1990 por la Academia Alfonso X el Sabio en su revista ‘Murgetana’, podemos
dar unas pinceladas sobre esta obra, erigida por el catolicismo de corte social, que gozó de simpa-
tías y arraigo en la ciudad hasta el final de los años 20. Como indica Moreno, “su pervivencia quizá
haya que buscarla en la eficaz labor instructiva que llevó a cabo entre los sectores populares en una
ciudad cuya enseñanza -sobre todo enseñanza técnica- dejaba mucho que desear”.

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