Page 93 - Rosario Corinto 10
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logio Soriano o Frutos Baeza, y cuyos versos hacían referencia, en la mayoría de las ocasiones, a la
procesión de Miércoles Santo, a la que estaba tan vinculada la familia Ruiz-Funes, propietaria del
negocio confitero:
“La Virgen llena de llanto
va cruzando sobre el río,
y el agua le van cantando:
¡Todo tu dolor en mío¡”
Y si dicha familia estaba ligada al cortejo “colorao”, otra familia de renombre murciana es-
taba vinculada a la procesión más emblemática de la Semana Santa murciana, la de Viernes Santo.
Se trata de la familia Riquelme, mecenas del escultor Francisco Salzillo.
De todos es conocido que D. Joaquín Riquelme y Togores, regidor de la ciudad de Murcia
y mayordomo de la Cofradía de Jesús, encargó a Salzillo el paso de la Caída, donándolo posterior-
mente a la Cofradía. Recogió el testigo su hijo, D. Jesualdo Riquelme, que conservó con esmero las
costumbres y tradiciones de la familia. Si bien la figura de Jesualdo está históricamente vinculada
al Belén que encargó, también, a Salzillo, la
exhibición de este en la vivienda familiar en
los días de Navidad, suponían un gran gasto
ya que, al montaje, con ciprés incluido, que
tenía el Belén, había que añadir la Misa de
Gozo de Santa Catalina y, otra cantada el 7 de
enero, a Nuestra Señora del Pópulo de la mis-
ma parroquia. No obstante, eran días grandes
los de Semana Santa en el palacio de los Ri-
quelme, túnicas y báculos se sacaban y ponían
a punto de los baúles para acompañar al Se-
ñor y su Madre en la Vía Dolorosa. Además,
cuidaba del paso que la familia había donado,
como así se atestigua en los libros de cuentas del mecenas que en 1795 manda hacer unos cordones
de seda y oro para el “Señor de la Caída”, con materiales traídos de Cartagena; en marzo de 1798,
se colocó una traviesa y un tablero en el camarín del “Señor de la Caída”, delante de dicho paso,
para poder vestirlo y desnudarlo con facilidad. Igualmente, compró el alambre para componer los
plumajes de los armaos.
Todos los Viernes Santo, la actividad y el bullicio recorría la casa de los Riquelme, que
costeaba las empanadillas de los estantes del paso donado por su familia y pagaba el sermón de
Vienes de Dolores a Nuestra Señora de los Dolores en Santa Catalina, además de las velas, el vino
y bizcochos para el predicador. Y por supuesto, también costeaba los caramelos y pastillas que se
repartían en el cortejo procesional del Viernes Santo.
En la actualidad, los escaparates de las confiterías siguen inundándose de caramelos cada
Cuaresma, y los caramelos nazarenos aparecen dispuestos por colores, como si de un cortejo proce-
sional se tratase. Los nazarenos llenan su regazo de gominolas, anises…y algunos, hasta estampitas
e insignias de su cofradía. Hoy, como en aquellos años se sigue escuchando eso de “Nazareno,
dame un caramelo”.
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