Page 152 - Rosario Corinto 11
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Juan Antonio de Heras y Tudela
El 26 de marzo de 1994 todos miraban al cielo, que amenazaba lluvia. En cualquier
otro momento el agua era bienvenida. Los campos que aspiran a florecer en primave-
ra, siempre necesitan riego en esta tierra, de sed endémica. «¿Pero ha de ser hoy?» se
preguntaban inquietos quienes, desde primeras horas de la mañana, se adentraban en la plaza de
Santa Catalina, corazón de la ciudad de Murcia durante siglos.
El templo, protegido por la cercana presencia de la Patrona de España, cuyo monumento
se erigió el 8 de diciembre de 1954 –coincidiendo con el primer centenario de la proclamación
del Dogma de la Inmaculada–, observaba con la misma inquietud cuanto acontecía. Sus puertas
interiores, de madera, habían sido modificadas para la ocasión. «No sé muy bien cómo lo piensan
hacer; lo mismo lo sacan en las manos» expresaban algunos con la duda de que, aún así, la bella
escultura del Santísimo Cristo de la Caridad, alzada sobre su trono, pudiera flanquear la pétrea
–pero insuficiente– abertura exterior de la fachada.
Había sido días atrás, el 5 de marzo, cuando la nueva imagen del Titular de la recientemente
constituida Cofradía, recibió la bendición, en un acto presidido por el Ilmo. Sr. Antonio Martínez
Muñoz, Vicario General de la Diócesis. El encargo escultórico se le había realizado a Rafael Roses
Rivadavia, madrileño de nacimiento y catalán de adopción, aunque con raíces yeclanas. Fue por
mediación de su primo y secretario de la Caridad, Joaquín Roses, como se entró en contacto. Es-
cuchado el proyecto, Rafael lo aceptó gustoso y consciente de la responsabilidad que entrañaba.
Hago aquí un apunte para recordar que, casi veinte años exactos después de la mencionada bendi-
ción, el 6 de marzo de 2014 –se cumple ahora, por tanto, el décimo aniversario–, el insigne artista
falleció. Sus cenizas reposan en el Santuario de la Virgen del Castillo de Yecla, el último templo que
lleva su firma en la totalidad de las pinturas monumentales y que está consagrado, precisamente,
a la Inmaculada Concepción.
Volviendo a los preparativos, trabajando a destajo había conseguido Juan Cascales que el
trono estuviera prácticamente terminado, a excepción del dorado, tan característico de los pasos
murcianos. Materialmente no existía opción de acometerlo antes del Sábado de Pasión, pues el
proceso, para ofrecer el resultado deseado, ha de ser necesariamente lento.
Por lo demás, la Caridad tenía claro que su identificación formal –la espiritual sería la de
los misterios dolorosos– debía apostar por la más pura esencia de la tradición. La indumentaria
de los penitentes, mayordomos y estantes; los estandartes y escudos; el adorno de los pasos y, por
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