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Una vida de caridad
Samuel Espinosa Marín
Mi historia en esta ilustre institución, comienza en el año 2005, cuando apenas
tenía 5 meses de edad y en brazos de mi abuelo, entré a formar parte de la fami-
lia corinta a los pies del redentor. Tiempo más tarde y en el día de la Madre, fui
bautizado con el Señor de Santa Catalina como testigo y en el mismo lugar que Francisco Salzillo
recibió la fe. Cuesta creerlo, ¿verdad? Ni yo soy aún consciente del gran privilegio que tuve. ¿Cómo
es posible que sucediera esto? ¿Acaso así lo quisiste Señor? Desde aquel entonces, tu nombre y seña
de identidad, son los que llevo yo por bandera cada día.
Conforme pasaban los años, iba creciendo e iba viendo el arte de cargar los tronos murcia-
nos. Recuerdo ver la procesión de la Caridad en Belluga, junto a mi abuela, y cuando pasaba la
Oración por delante, me fascinaba como hacían la curva, la inclinación que tomaban los puntas
de vara, el gran choque de contrafuerzas que se creaba. Sin duda me brillaban los ojos cuando
contemplaba ese momento.
No fue hasta el año 2012 y con 7 años de edad, cuando por primera vez me vestí de estante,
pero no para verla desde las sillas, sino para vivir la procesión desde dentro. Cuantas veces me de-
cían, “Samuel no repartas caramelos a puñados, que luego no tendrás para el resto de la procesión”
y así fue, no habíamos llegado a la puerta del ayuntamiento cuando mi abuelo, se acercó para ver
cómo iba por ahí detrás del paso, y cuando me vio el buche sin caramelos… El resto os lo dejo a
vuestra imaginación.
El tiempo seguía pasando y cada vez, más acontecimientos iba viviendo. Una magna maria-
na con la “joyica” de Salzillo, vía crucis que marcaban el inicio de una nueva cuaresma, una proce-
sión conmemorativa de 25 años de su historia o alguna que otra convivencia de nazarenos. Pero lo
mejor de todo, la familia que te acompaña en esos momentos tan importantes para ti. Mi madre,
quién me hizo las puntillas para las enaguas y si hace falta, intenta vestirme de la mejor manera
posible para que no haya ninguna arruga en la túnica. Mi abuela, quién me hizo mis primeras ligas,
las enaguas, y por supuesto, la túnica corinta que me pusieron por primera vez teniendo apenas
muy pocos meses de edad y la encargada de arreglarme cada año desde el minuto uno. Vaya en
homenaje también a la figura de la mujer nazarena, pues sin ellas nada de esto sería posible. Mi
abuelo, quién me ha visto dar mis primeros pasos en una procesión, en un trono, el que ha estado
ahí para corregir mi postura a la hora de cargar o el que desde la barrera ha visto a ese niño, ya no
tan niño, trabajar bajo la madera que un día, él mismo hizo. O mi otro abuelo, Manolo el olivero.
El que en su día me presentó ante el Stmo. Cristo de la Caridad, el que me dio la oportunidad de
cumplir un sueño cuando era aún muy pronto para ello y del que tengo como referente. Y ahora
mis hermanos pequeños, Darío y Mario, van entendiendo más el significado de una procesión,
del por qué se carga de esta manera o el por qué llevamos sobre nuestros hombros la fe. De vez en
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