Page 156 - Rosario Corinto 11
P. 156

Una vida de caridad

                                                                                      Samuel Espinosa Marín

    Mi historia en esta ilustre institución, comienza en el año 2005, cuando apenas
                               tenía 5 meses de edad y en brazos de mi abuelo, entré a formar parte de la fami-
                               lia corinta a los pies del redentor. Tiempo más tarde y en el día de la Madre, fui
           bautizado con el Señor de Santa Catalina como testigo y en el mismo lugar que Francisco Salzillo
           recibió la fe. Cuesta creerlo, ¿verdad? Ni yo soy aún consciente del gran privilegio que tuve. ¿Cómo
           es posible que sucediera esto? ¿Acaso así lo quisiste Señor? Desde aquel entonces, tu nombre y seña
           de identidad, son los que llevo yo por bandera cada día.
                   Conforme pasaban los años, iba creciendo e iba viendo el arte de cargar los tronos murcia-
           nos. Recuerdo ver la procesión de la Caridad en Belluga, junto a mi abuela, y cuando pasaba la
           Oración por delante, me fascinaba como hacían la curva, la inclinación que tomaban los puntas
           de vara, el gran choque de contrafuerzas que se creaba. Sin duda me brillaban los ojos cuando
           contemplaba ese momento.
                   No fue hasta el año 2012 y con 7 años de edad, cuando por primera vez me vestí de estante,
           pero no para verla desde las sillas, sino para vivir la procesión desde dentro. Cuantas veces me de-
           cían, “Samuel no repartas caramelos a puñados, que luego no tendrás para el resto de la procesión”
           y así fue, no habíamos llegado a la puerta del ayuntamiento cuando mi abuelo, se acercó para ver
           cómo iba por ahí detrás del paso, y cuando me vio el buche sin caramelos… El resto os lo dejo a
           vuestra imaginación.
                   El tiempo seguía pasando y cada vez, más acontecimientos iba viviendo. Una magna maria-
           na con la “joyica” de Salzillo, vía crucis que marcaban el inicio de una nueva cuaresma, una proce-
           sión conmemorativa de 25 años de su historia o alguna que otra convivencia de nazarenos. Pero lo
           mejor de todo, la familia que te acompaña en esos momentos tan importantes para ti. Mi madre,
           quién me hizo las puntillas para las enaguas y si hace falta, intenta vestirme de la mejor manera
           posible para que no haya ninguna arruga en la túnica. Mi abuela, quién me hizo mis primeras ligas,
           las enaguas, y por supuesto, la túnica corinta que me pusieron por primera vez teniendo apenas
           muy pocos meses de edad y la encargada de arreglarme cada año desde el minuto uno. Vaya en
           homenaje también a la figura de la mujer nazarena, pues sin ellas nada de esto sería posible. Mi
           abuelo, quién me ha visto dar mis primeros pasos en una procesión, en un trono, el que ha estado
           ahí para corregir mi postura a la hora de cargar o el que desde la barrera ha visto a ese niño, ya no
           tan niño, trabajar bajo la madera que un día, él mismo hizo. O mi otro abuelo, Manolo el olivero.
           El que en su día me presentó ante el Stmo. Cristo de la Caridad, el que me dio la oportunidad de
           cumplir un sueño cuando era aún muy pronto para ello y del que tengo como referente. Y ahora
           mis hermanos pequeños, Darío y Mario, van entendiendo más el significado de una procesión,
           del por qué se carga de esta manera o el por qué llevamos sobre nuestros hombros la fe. De vez en

156
   151   152   153   154   155   156   157   158   159   160   161